Un suceso imprevisto y venturoso fué en casa de los señores de Velasco origen de emoción y de sorpresa: á Manuel le nació un hermanito cuando nadie lo presentía. El nene, á quien llamaron Adolfo, aparecióse en el mundo con traza muy alegre y gentil, como si quisiera ofrecer compensaciones y ternuras en el hogar del ausente primogénito.

Para Carlota, amada lo mismo que una hija por los sorprendidos papás, fué aquel infante un hallazgo feliz, los diez y seis años prometedores de la muchacha se iniciaron en maternales sentimientos al sedoso roce de la criatura. Como la de Heredia no tuvo hermanos ni vió en trato íntimo seres tan frágiles y puros, prontos á recibir sus caricias, toda la pujanza de un fino corazón de mujer se reveló en el pecho juvenil al tocar la feble existencia de aquel niño de color de rosa que apretaba sus puños chiquitines, en inconsciente ademán de rebeldía, como si ya pudiera defenderse de las iniquidades del mundo.

Una infinita sensación de lástima y de cariño prendió en las entrañas de Carlota: era el germen espiritual de futuros amores abnegados, amores de madre que duermen en el seno de todas las mujeres buenas, esperando que un grito de la vida les dé carne entre lágrimas. Meció la niña al recién nacido con dulces cantos y le cuidó con desvelos y coqueterías de mamá joven, mientras doña Mercedes, gozosa al lado del hijo chiquitín y de la precoz madrecita, sintió reflorecer su apacible otoño...

En aquel ambiente de esperanzas y ternuras alzóse de pronto la silueta arrogante de don Juan Ramírez, caballero maduro y altivo, aureolado con dones de sabiduría y proceridad. Regresaba á Madrid después de una fecunda excursión científica por los más afamados institutos biológicos de Europa; y durante su permanencia en la capital de Francia había dado muchas lecciones y consejos al devoto estudiante Manuel Velasco.

Los padres del discípulo se esforzaban en obsequiar al profesor insigne, y como adorno de algunas fiestas íntimas que le ofrecieron, presentáronle á Carlota con orgullo, ignorantes de que preparaban así la desventura de su amiga. Desde el primer encuentro, don Juan Ramírez depuso los prestigios de su ciencia y la corona de su notoriedad á los pies de la joven; quedó prendado de ella con ese antojo súbito y potente que á menudo se desarrolla en los hombres austeros llegados á la plenitud de la vida en castas nupcias con el trabajo. Y la misma vehemencia de su deseo por aquella mujer en capullo, tan delicada y espiritual, vino á ejercer sobre ella una especie de sugestión.

El renombre de don Juan, su arrogante figura, la autoridad y la fuerza que emanaban de toda su persona cegaron á la niña de tal suerte, que, sin saber cómo, rindióse al nuevo hechizo, diciendo siempre que sí con aire de sonámbula.

Cuento de brujas les pareció á los padres y á los amigos de la moza este cautiverio amoroso. Lucharon para libertarla con prudentes razones: don Juan la llevaba muchos años; contábanse de su vida íntima grandes extravagancias y de su genio y costumbres se decían cosas alarmantes. Pero Carlota, sin resistir de frente consejos y advertencias, mostró una actitud apasionada y firme, basta comprometerse en promesa formal de matrimonio.

Algo de la magia que el sabio ejerció sobre la niña fuese comunicando á los señores de Heredia, los cuales, pasado el primer movimiento de inquietud, padecieron también la sugestión de aquellos ojos, de aquella invencible majestad. Pronto la influencia del temperamento dominador extendióse como un contagio en los hogares amigos; hasta doña Mercedes llegó á predecir que la risueña juventud de la muchacha hallaría un gran destino ornando la gloriosa madurez de don Juan. Y ante la triunfal conquista del maestro, ¿qué podía valer la remota ilusión del discípulo ausente?

No eran egoístas los de Velasco: al suponer conveniencias y ventajas en el matrimonio de Carlota, abandonaron sus propias ambiciones, irrealizables quizá. Pensaban que á menudo los vientos de la vida tuercen un destino sazonado, y que el de Manuel aún estaba en flor...