¡Cuán rápidamente se desvanecieron las esperanzas de la pobre niña! ¡Con qué horrible desengaño expió la propia ligereza! Apenas celebróse el matrimonio cayó el disfraz galante del maestro naturalista, inútil en la ciencia sublime de cultivar cariños: enamorado de Carlota como un fauno y celoso de cuanto ella amaba, la escondió en el Robledo, solar montañés de la familia de Ramírez, y comenzó á tejer allí una existencia obscura y salaz entre conatos de labores científicas y violencias de animal en celo.
Fué un tránsito tan brusco el de la pobre criatura, desde la luz y la felicidad hasta la sombra y el dolor, que en torno á su hundimiento se alzaron espesas nubes, igual que cuando se derrumba una torre muy alta herida por el rayo. Murieron los padres de Carlota pocos años después, como atacados de un mal de penas ante la terrible equivocación de la boda, en que la joven se abismó lo mismo que en una sima, y quedó la triste á merced de su enemigo.
El logro y disfrute del amor fueron para el brutal esposo como un cáustico que le alzase ampollas en muchos malos instintos, y la débil mujer que sirvió de cebo á tales cobardías no las hubiera soportado sin el milagroso caudal de ternuras que vino al fin á calmar la ardiente sed de amores en su alma. Ni en los caminos más huraños del mundo apaga Dios por largo tiempo toda luz á los pobres caminantes. Sólo quien cierra los ojos con obstinación se sumerge en sombra inaccesible. Carlota la abría; miraba alto, muy alto; avizoraba el horizonte con infinito afán, y en el obscuro cielo descubrió una estrella. La historia del hallazgo celeste cabe en pocas sílabas de profunda sencillez. Carlota fué madre...
Rodaban los años encima de esta ventura, más fuerte que los fortísimos dolores de la maternidad, más grande que el infortunio de la mujer sometida al esposo con indignación y repugnancia. Sentía Carlota la vergüenza de la esclavitud y el terror del hundimiento; pero era madre, y esta solemne realidad descendía á su alma con divina estupefacción, á modo de anestesia contra todas las humanas tribulaciones. Estoica y dura para sufrir, llevaba en los labios esa inextingible sonrisa de los mártires, que luchan y mueren por un ideal sin que se nuble su gesto heroico ni aun con los velos lívidos de la agonía.
Derivó así la existencia de Carlota á merced de los tormentos más absurdos, sufridos con mansedumbre angelical; pero de pronto, en un instante de revelación, vió la triste con espanto que no sólo el amor de sus hijos le daba fuerzas para vivir: un astro nuevo se encendía en los cerrados horizontes de la mujer y de la madre. Examinó ella entonces, valerosamente, su corazón, y hallóle contrito y confeso, mas replicando á las acusaciones de la conciencia con absoluta sinceridad; había delinquido en amor de gratitud hacia un hombre; estaba picado de mal de rebeldía...
Y mientras la mujer hacía estas confesiones, lloraba la madre con supremo dolor.
Era Manuel Velasco un mozo cabal en la triste ocasión de fallecer su padre: bizarro porte, don de gentes y vasta cultura, daban al primogénito de la familia ilustre una singular virtud entre las mozas casaderas de la aristocracia y de la burguesía. Andaba él por el mundo con un desdén muy triste, que le hacía más interesante; sus treinta años varoniles proyectaban una sombra de vicisitud, una huella implacable de amargura. Con la barba crecida, y el aire serio, audaz y tímido á la vez, Velasco supo inspirar vehementes pasiones, y no pocas mujeres descollantes cayeron por él en fiebre de tristeza; mas no curaba de semejantes angustias quien dentro del corazón tenía una añeja cicatriz sangrando siempre, dulcemente enconada por la condolencia y el recuerdo.
Es ley de caridad en almas generosas embalsamar los dolores con el perfume de los amores. Y el duelo de Carlota Heredia repercutía en el alma de Manuel, despertando al amor continuamente; de las raíces de un afecto infantil, delicado y fino, brotó la pasión, la pujante pasión de la mocedad, ese impulso irresistible de una vida hacia otra, que en los temperamentos contenidos y equilibrados suele persistir hasta la muerte. Aquella marea de nobles afanes que no hallaba camino feliz hacia la amada mujer, embatía en el pecho del mozo con sones de tempestad; y aunque el respeto y las conveniencias refrenaban con exquisita corrección la actitud del enamorado, sus propósitos más insignificantes giraban, como por mágico resorte hacia el señero lugar donde la dulce elegida alzaba en sus hombros de reina el peso de abrumadora cruz.
Una lástima aguda y vehemente atormentó á Manuel muchos años, conocedor, por confidencias de su madre, del terrible martirio de Carlota. Todas las fuentes del sentimiento, henchidas por la savia de un corazón que sabía amar y comprender y perdonar, corrían sueltas y veloces á ofrecerse en holocausto de aquel martirio; ya la existencia del mozo no tuvo más oriente que el Robledo montañés, donde la triste padecía. Vivir cerca de ella, saturarse del amargo perfume de sus dolores, y al lado suyo mirar hacia el ocaso donde mueren los días en un rayo de sol; tales eran sus anhelos.
—Quizá—se decía—un crepúsculo sepulte la última jornada de semejante desventura...