Al erigirle en jefe de la casa el fallecimiento de su progenitor, mostrósele á Manuel una fácil senda hacia Torremar. Doña Mercedes vivía suspirando por el nativo terruño desde el instante penoso de la viudez; todo la llamaba en la montañesa orilla con sedantes recuerdos de otros días mejores y lenitivos al dolor presente. Manuel apresuróse á complacerla y dispuso que la madre fijara allí el nido de su ancianidad melancólica. Levantarían una casa moderna, un palacete cómodo y firme en mitad del valle; la vigilancia de estas obras servirían de distracción al genio activo de la viuda, mientras Manuel, nada conforme con la vida cortesana, hallaría un adecuado ambiente para vivir con blandura y reposo, según sus aficiones singulares. Adolfo, que ya hombreaba, compartiría los años entre la Universidad madrileña y las vacaciones torremarinas. Y así decidido, el soñador enamorado logró la ventura de aproximarse á la dama del Robledo.

Avecindados en Torremar doña Mercedes y su hijo, ofrecieron á su amiga nobles testimonios de solicitud y compasión, hidalgas prendas de un tutelar afecto henchido de piedades. Logró Velasco, al fin, mañosamente, introducirse en aquel hogar tenebroso, y estrechar con ansia y ternura las manos prisioneras de Carlota; creyó con esto la cautiva que comenzaba á amanecer en sus prisiones, y sintió un consuelo providencial, como si aliviasen sus doloridos hombros del bárbaro peso de su cruz.

Eran entonces Carlitos y Ana María dos preciosas criaturas con los ojos muy atentos á las inquietudes familiares: ella paciente, despierta y sufridora; él apasionado, ingenuo y curioso; ambos gentiles y finos, de viva inteligencia y noble corazón. Atravesaban aquellos meses de medrosos descubrimientos, descritos á la de Alcántara por Carlos; aquellos días de sombras y revelaciones, en que ambos rapaces se miraban atónitos, presintiendo la tragedia, mientras gemía el robledal, obscuro y doliente, bajo los cierzos invernales y las olas verberaban iracundas en los cantiles.

La aparición benigna de Manuel en tan lúgubre escenario, tuvo forma de prodigio venturoso. Para los pequeños, aquel hombre á quien apenas conocían, adquirió la importancia de un ser divino, obrador de milagros tan terribles como el de penetrar con aire indiferente por los silenciosos corredores, abrir puertas con ímpetu y revolver á su talante las salas del museo, mientras el sabio asentía con impenetrable rostro.

Hasta don Juan Ramírez estimó la vecindad de su antiguo discípulo como un hallazgo feliz. La mirada profunda de Manuel; su carácter tenaz y apacible al mismo tiempo; su exquisita prudencia; su solidez en cuestiones científicas, ejercieron raro dominio sobre el feroz misántropo. Con la ofrenda de libros nuevos y de investigaciones recientes, penetró Velasco en el laboratorio del naturalista, tendiéndole una mano salvadora en el único medio donde el biólogo era asequible al trato y la intimidad. Logró de esta suerte conquistarle y recoger con firmes puños el timón del malparado navío en que el maestro naufragaba sobre las espumas de su demente cólera.

Llevó el mozo su actividad y su inteligencia al maltrecho laboratorio de Ramírez, donde Carlota le ayudaba más que su marido; yacía éste quejoso y meditabundo, ó revolvíase violento, raras veces constante en el trabajo, mientras la señora, sonriente y dulce, prestaba su eficaz concurso á todos los designios de Manuel, envolviéndole en una mirada infinita de gratitud. La diligencia de Velasco, el interés y afán con que abrió las ventanas del Robledo á una brisa de renovación, eran para el ánimo de Carlota estímulos heroicos. Adivinando en aquel torrente de generosidad un homenaje á sus dolores, acaso un voto en aras del amor imposible, quiso ella merecer tanta abnegación y armóse de paciencia y de dulzura, basta erguir la noble frente sobre las sombras del infortunio. Y así llegó á establecerse entre ambos amigos una lucha sutil de abnegaciones: él, odiando á don Juan, se doblegaba á sus antojos crueles, y sonreía con aire feliz para dar á Carlota ejemplo; ella, atormentada siempre por su implacable verdugo, sonreía también, sin que jamás rezumara de sus labios la hiel de sus martirios. Los dos fingían engañarse mutuamente en este pugilato de finezas, y ambos tenían la seguridad de vivir en irreparable desventura.

Mas, un tiempo, Manuel llegó á confundirse: la gratitud de la amiga creció tanto, y la sutileza delicada de la mujer laboró de tal modo, que el joven pudo imaginar á Carlota menos infeliz. Ella hacía esfuerzos sobrehumanos para que los rumores de su tortura llegasen al laboratorio fugazmente, y si estallaba una feroz escena entre el fauno y su víctima, la valiente mujer, blanca de miedo, transida de indignación, buscaba un motivo para acercarse á Velasco, sonreir y hablar, sin que la piadosa máscara del rostro delatase la íntima tragedia: era el mismo sublime disimulo que la madre se imponía delante de sus hijos.

Había una mezcla de orgullo y de piedad en este heroico silencio: callaba Carlota por no herir el corazón de aquellas inocentes criaturas, y callaba también porque temía, con angustiosa vergüenza, descubrir al mundo, enteramente, el miserable suplicio á que un hombre vil la sometía, en el cómplice misterio del dormitorio conyugal. Así la mártir, vencida como un despojo inútil en la sorda marejada de sus terrores, perecía en insensato abandono de su persona, sin más razón para vivir que un átomo de instinto, sujeto, en crispatura doliente, á un grande amor y á una bella gratitud.

Confuso Manuel por esta inalterable mansedumbre, llegó á pensar que su maestro no era tan bárbaro como doña Mercedes le contara. También Carlitos, ya sagaz y curioso, imaginó á su padre menos terrible. Y sólo Ana María, al hacerse mujer, sorprendió con la aguda penetración del sexo todo el espanto de la tragedia.

Siempre que Velasco refería á su madre sucesos de la casa de Ramírez, entrevistos por el mozo entre penumbras, movía la dama la cabeza con incertidumbre.