—Carlota disimula—aseguraba—Carlota disimula por altivez y caridad; pero yo sé que su marido es un monstruo... Aunque ella finge tan discretamente, hay cosas que no pueden ocultarse...
Y con desbordamientos de compasiones, aquella mujer inteligente y virtuosa estimulaba en su hijo el amor á la cautiva. Por un exceso de bondad caía doña Mercedes en semejante imprudencia. Adivinando la pasión del joven no juzgaba peligrosa su intimidad en el Robledo; suponía que era justo confortar á una criatura tan triste con los bálsamos de un fraternal cariño y nunca pensó que flaqueasen la hidalguía de Manuel y la virtud de Carlota. Influía también en la viuda un sentimiento sutil, muy femenino y humano: don Juan Ramírez le arrebató del propio hogar la novia elegida para el hijo, y después, secuestrada—como decía la señora con encono—, la sacrificó años enteros... Si la infeliz estaba sola, indefensa, ¿no era lícito quebrantar sus prisiones y recoger sus lágrimas? Acaso la ingenua complicidad de doña Mercedes en la romántica aventura tuvo un fondo secreto de optimismo. Fiel á sus ilusiones, por la costumbre de haberlas realizado, esperaba todavía que la felicidad de su hijo amaneciese en la bella sonrisa de Carlota. Forjóse la madre un sueño con perfumes de leyenda: imaginaba la mano de Dios cayendo sobre la frente de Ramírez en castigo ejemplar; moría el atroz verdugo, y su víctima, libre y dichosa, daba su mano al caballero, al elegido... Todo esto acontecía con la rapidez de los cuentos de hadas, al golpe mágico de una varita de virtudes...
Convencida estaba la buena ilusa de que el biólogo se iba de este mundo, cuando llegó Manuel á decirle que era Carlota quien desaparecía de la escena. Sucedió una noche de estío, una hermosa noche de luna. Velasco hablaba con estupor, ronco el acento y turbia la mirada.
—Ha huído—balbucía.
Un juramento grave y solemne le condenaba á la pasividad más dolorosa.
—No la puedo seguir... Lo he jurado—contestaba atónito á las impacientes preguntas de su madre.
Doña Mercedes no comprendió por qué la triste, sometida mucho tiempo á los ultrajes de un hombre indigno, huía precisamente cuando irradiaba en torno suyo la solicitud de una tierna amistad. Y quedó inconsolable la señora, que sólo sabía de cultivar piedades, flores y ternuras, en paz y bienandanza...
Algunos días antes, Manuel halló á su amiga dibujando un esquema en la soledad del laboratorio; inclinábase con profunda atención, casi oculta la cara sobre el papel; pero la hubo de alzar para responder á cierta consulta interesante. Entonces el caballero, muy alarmado, descubrió en la mejilla de Carlota una señal violada, con matices de lirio. Y sin darle tiempo á preguntar la causa de aquella maceración, ya la dama aludía, confusa y roja:
—Fué contra un mueble; ¿sabes?... Tropecé anoche... Se me apagó la luz...
Un amor y una pena tan elocuentes se reflejaban en el rostro de Velasco, que la pobre mentirosa acabó de turbarse. El veía con implacable lucidez la terrible escena de la noche anterior: el monstruo habría esgrimido sus puños contra la turgente mejilla de la esclava; esta vez la huella del tormento florecía al sol, como rebelde grito de la sangre...