Locas ideas de venganza atravesaron, lo mismo que centellas, el pensamiento de Manuel; dijo alguna cosa vehemente y ruda, y crujieron sus frases con llamaradas de pasión. Mirábale Carlota, con el llanto al borde de las pestañas, mientras que un trozo del paisaje, abrazado al silencio, sonreía en el balcón, franco á la dulzura de una tarde estival. Puso un dedo la dama en su boca doliente, implorando:

—Calla, calla por Dios...

Y era tan apremiante y dulce su actitud, que el mozo con la mirada febril, lívido el semblante y rota la palabra, se retrajo á la soledad de su ternura, mudo y obediente. Pero desde aquel día, ni el discípulo pudo resistir la presencia de su maestro, ni Carlota gozar la de su enamorado. Del corazón de ella, fecundo por el riego de lágrimas purísimas, brotó una rosa, la más ufana de la vida y del sentimiento: el amor.

Carlota entonces fué tan valiente, que tuvo miedo de sí misma, ese miedo grandioso y sublime que se llama también «temor de Dios», y que es forma exquisita de arrogancia espiritual; hurtóse á las miradas profundas de Manuel; midió los riesgos de su ternura, y lloró con inquietud indecible, á la orilla floreciente del abismo. Quería la infeliz soportar la doble cadena del martirio y de la tentación callando y sufriendo; pero comprendió que en la brava lucha peligraban á cada instante la dignidad y el deber; que eran pocas las defensas de un solo pecho para tan fuertes y contrarios enemigos; que iba á rendirse, al cabo, á las sugestiones invencibles de un dulce amor vestido de caridad y gratitud.

Y tomó la heroica resolución de los débiles: decidió marcharse, sola con Dios y su conciencia. Peor que el escándalo de la fuga fuera la certidumbre de pecado. ¿Qué importaba que el mundo murmurase, si en el cielo se sabía la verdad?

Pensando de esta suerte se afirmó en sus propósitos ante los tristes descubrimientos que hizo Carlos en el drama. Ya nada la detuvo entonces; aprovechando la terrible escena para urdir su viaje, despidióse con loca prisa de Manuel, exigiéndole un juramento á la vez que le pedía un favor: que Velasco no la siguiera, que no la preguntara... Después de exigir dulce y amargamente, imploró con infinita humildad: que sus hijos hallasen en el caballero, en el amigo, un apoyo...

De pie, vibrando de emoción, con los ojos entornados sobre las mazadas orejas, esperó Carlota; una mirada, un gesto, podían delatar la lumbre del pobre corazón sacrificado, y la inaudita resistencia de la madre se alzó imponente contra el peligro. Pero Manuel no la detendría. Estuvo oyéndola con pánico asombro, sin dilucidar más que una cosa, en el deliquio de aquel instante horrible: la mujer que le hablaba de partir, que le decía adiós... no era nada suyo; de niños fueron novios, eran amigos siempre. Ni una fugaz promesa, ni una tímida confesión, le daba derecho á contrariar los designios de la señora de Ramírez... ¿Qué importaban, en la trascendencia de aquel grave minuto, las memorias del pasado ni aun las adivinaciones sutiles del amor?... Juró el caballero cuanto la dama quería, y prometió el amigo lo que imploraba la madre; mientras que el enamorado, estulto y febril, vió desaparecer del laboratorio á Carlota de Heredia, desgraciada y ausente, quizá para toda la vida.

Con movimiento indefinible abalanzóse Velasco al umbral que ella pisó. En el pasillo aguardaba Carlos silencioso, con señales de haber llorado mucho. Se miraron los tres, con una sonrisa atónita y violenta, que daba miedo. La madre y el hijo se alejaban, y el desolado amante iba retrocediendo en su impulsivo afán, para seguir mirando á la fugitiva desde el balcón. Pero la dama, presurosa, sin duda, bajó al camino real por el atajo, á espaldas del laboratorio, y Manuel hallóse enfrente de la belleza del bosque, apacible y melancólica como un paisaje copiado en aguas quietas. Se mecía en el aire el sonoro repique de una campana y el sol moría sobre el mar, en el ancho cielo azul...

Reflejo de la hermosura de la ausente le pareció á Velasco la suave languidez con que fenecía la tarde; así en el rostro de la mujer amada, embellecida por el dolor, se esparcía un vago tinte de crepúsculo, rútilo y emocionante como los resplandores del ocaso, apetente y dulce como las vendimias del otoño... Y la gracia luminosa del atardecer dió al enamorado una imagen de la esquiva y espiritual hermosura, con tal sensación de pesadumbre, que todo el torrente de su despecho se desbordó en cóleras insensatas; sentía crueles repulsiones hacia cuanto le quedaba en el mundo lejos de Carlota: ¿dónde pondría los ojos, que no viera angustia y soledad?

El reloj de la sala, indiferente á estos mudos afanes, enardeció de súbito las iras de Velasco; el isócrono tic-tac parecióle un lúgubre remedo del propio corazón, una burla de aquella implacable hora que desgranaba los minutos con ofensiva impavidez; arrojó á la blanca esfera un legajo de papeles que tuvo á su alcance, y el cristal, hecho añicos, cayó estrepitoso entre las hojas desparramadas; pero el inmoble centinela del tiempo, socarrón y firme, siguió burlándose: tic-tac, tic-tac...