Arrepentido Manuel de su arrebato, huyó del maquinal soniquete, lanzándose al misterioso corredor que aún guardaba del paso de Carlota un ligero perfume. Por una puerta entornada vió surgir de la salita de costura los cojines del sofá en desorden y el velador florido: una bata que el mozo conocía mucho, prendida del cuello, con las mangas fofas y vacías, le ofreció la fugaz impresión de unos brazos rotos en caricia imposible... Cerró los ojos á las amadas huellas, y atravesando el bosque, como un poseído, bajó al valle en la serena caída de la sombra.

Calmada la primera crisis de dolor y de sorpresa, la nativa bondad de Manuel Velasco hizo explosión con gallardas manifestaciones. Acometiendo como un héroe sus propósitos, empezó por volver al Robledo y entrar en derechura hasta la alcoba de don Juan: después que pudo resistir su presencia, hablarle con acento indiferente y permanecer en el laboratorio como antes, juzgóse vencedor en la más ruda batalla de su vida; una resignación mansa y piadosa sucedió á los furores de su alma; tal vez aquella virtud, mal conocida de los hombres, era un vestigio, un aroma que la mártir dejó entre sus cadenas.

Pasó Velasco por el fino tamiz de su hidalguía la historia de los recientes sucesos y sintióse culpable de la fuga de Carlota: él la puso en cuidado con la solicitud desmesurada de su amistad, y por fin, con las pruebas elocuentes de su pasión; y aunque le animó el consuelo de haber contribuído á libertarla, para mejor aplacar las voces de la conciencia dió, el enamorado, alcance de sagrada misión al imprevisto juramento que concediera á la fugitiva. Desde aquel punto, un ideal de egregia estirpe llenó la vida austera de Velasco: vivir para los hijos de la amada; guardar como devoto penitente el culto á los recuerdos de Carlota. Y sólo doña Mercedes, edificada y suspensa, vislumbró el sublime idilio, apéndice de un drama obscuro y brutal...

Como un premio á la nobleza de Manuel, quebróse el incógnito de la ausente; Carlota escribió á su amiga, á su segunda madre, la viuda de Velasco; y con especial cordura y cálida elocuencia, justificó la dama su grave resolución, abriendo por primera vez el arcano de sus dolores en el refugio de tan ferviente amistad. La esclava de Ramírez habíase convertido en modesta pensionista de un convento francés, en los Bajos Pirineos: el hábito de los pesares y la toca de la virtud la hicieron un rincón en la clausura religiosa, y allí recataba su infortunio, mirando al porvenir con incertidumbre.

Estas noticias fuéronle compensadas con las que la viuda le envió, muy tranquilizadoras, de Carlos y Ana María. Y tan dulces promesas obtuvo la pobre madre que logró al cabo algún reposo; ya su cielo sombrío lucía claros de sol, y amanecía en su horizonte esa ardiente esperanza del que torna á la salud desde la orilla del sepulcro, mientras doña Mercedes, secundada por Manuel, procuraba llenar un poco el vacío de Carlota en la desierta casa de Ramírez.

El ilustre maníaco se había hundido en la obscuridad más absoluta: la estampa recia y arisca de don Juan fué desapareciendo del laboratorio, hasta encerrarse en su gabinete; llevóse allí unos aparatos científicos y sepultó su rabia ó sus dolores en aquel extraño escondite, que tan pronto parecía la celda de un penitente como el tugurio de un nigromante. Sólo Ana María traspasaba el temeroso dintel, sirviendo al sabio con una solicitud triste y silenciosa, que á él le atormentaba como un reproche continuo, y, cuando en arranques de caridad ó compasión, pretendía ella ofrecerle algún consuelo, huía el culpable, ríspido y huraño, igual que un loco. Muchas veces, en estas sordas crisis, mediaba Manuel, imponiéndose á fuerza de sugestiones y bríos, á la demencia, la cobardía y la crueldad, ayuntadas en el carácter de aquel hombre incomprensible, y arrancaba de su duro corazón algunas chispas de luz... De aquellas victorias cobrábase con creces el discípulo en la casta lumbre de unas pupilas de mujer, que acaso le miraban con la elocuencia de un gran secreto. Carlitos, á distancia siempre de su padre, más por la hurañía de éste que por los rencores del muchacho, erraba por el Robledo, triste que triste, detenido allí por la insinuación constante de aquellos dulces ojos que tanto agradecían á Manuel su influencia sobre don Juan.

El mismo año, Velasquín, doctor en leyes, cansado peregrino de la bulliciosa vida madrileña, se quedó en Torremar, formando parte de la conspiración protectora establecida en torno á la casa de Ramírez; y con las ocasiones y el trato, á la luz de la belleza y al brillo de las lágrimas, el buen mozo se hubo de enamorar de Ana María. Por segunda vez tejió la juventud una promesa con las ilusiones de doña Mercedes. Juzgóse la niña afortunada con tan gallardo novio: varios indicios la hicieron suponer alguna inteligencia entre su madre y la del pretendiente; los anhelos de ésta parecíanle órdenes de la otra, y, feliz con dejarse llevar por tan piadosas voluntades, renunciaba á un ensueño remoto, apenas entrevisto del propio corazón que le dió vida...

III

el maleficio de unas bodas.—«la soledad de dos en compañía».—¡para siempre!—imágenes en la niebla.—la flor del romero.—retratos, versos, risas y sollozos.