Al amanecer otra mañana sobre el nuevo hogar, en plena embriaguez de su ventura, sintió Velasquín, más agudo y determinado que antes, el terror misterioso que se cernía sobre el raro suceso de su boda. Allí, en el mismo lecho de las nupcias, detrás de aquel biombo colocado por Regina entre la cama y el salón, cayeron las primeras ilusiones como rosas marchitas de la noche á la alborada. Halló Adolfo debajo de sus besos un vacío indefinible, una hermosura inerte, carne bella y curiosa no consagrada por los perfumes del sentimiento, el carmín de una boca glacial, donde no puso el corazón de la mujer ni la burbuja de un suspiro.
El miedo, la pena de estas novedades y de otras que presentía, lanzaron al mozo por la casa adelante, con el impaciente afán de quien busca y no encuentra alguna cosa. Torpe y distraído, paseó por la estrechez de los aposentos, que cabían, casi todos, en la holgada y señorial anchura de una estancia del palacio vecino; y entre el desquiciado menaje del reciente hogar, las caras de la servidumbre se le aparecían á Adolfo tétricas y hostiles, contagiadas también de una secreta desazón. Hasta el jardinero mostró un cariz sombrío, como si olvidase que, libre de simientes y de podas, quedaba reintegrado á la marina, «con galones de segundo» en la tripulación del Reina; cuando Velasco le salió al encuentro para recoger, al fin, una sonrisa franca en el esquivo hogar, el segundo de á bordo bajó la frente en sombras de incógnita culpa, igual que si fuese cómplice de aquel triste desbarajuste donde el señorito buscaba alguna cosa confusamente perdida.
Y mientras la esposa, por su propia mano, trató de componer los desarreglos de la morada, salió Adolfo á la calle con aquel mismo impulso de pesquisa y ansiedad que le había movido por las revueltas habitaciones. Desde la altura del barrio lanzó una mirada temerosa á la bahía, entoldada de brumas, y al vetusto caserío. Le pareció que el pueblo, amodorrado, le mostraba una faz hostil, el hosco semblante de quien se niega á responder á una pregunta. Y volviendo la cabeza, posó los ojos en el Robledo, camposanto de sus memorias: miraba al robledal sin conocerle; crispada y amarilla la arboleda, semejaba un fatídico brote del paisaje, un brazo nervudo y fibroso de la costa, que alcanzaba las nubes con los dedos de su mano brusca. De repente, Velasquín enrojeció al poner su alma en contacto con una multitud de recuerdos penetrantes y dulces. Un cendal de la niebla entre los robles fué la cortina que en el espíritu del visionario se alzó entre la conciencia y la memoria: el jirón intangible dióle la semejanza de un traje femenino, y tuvo luego en la excitada mente de Adolfo la silueta gentil de una persona y el ritmo grave y lento de un paso de mujer.
—¡Ana María!—murmuró Velasquín con involuntaria emoción—. Y en el amable nombre palpitaban todos los gérmenes de sus remordimientos...
Era la niña de Ramírez imán de muchas ilusiones en la ilustre y opulenta casa del muchacho. La madre y los dos hijos no acertaban, en los últimos tiempos, á encender esperanza alguna donde la imagen de la moza no surgiera, como un resplandor alegre del porvenir...
Pero aquella mañana invernal en que un recién casado mira al Robledo con el corazón oprimido, ¿dónde están las felices promesas, la arrogante y hermosa actitud de Adolfo, realizando ilusiones de dos familias, largo tiempo inclinadas á unirse en una?
Esto se preguntaba el mozo, doliéndole en el alma que la realización de aquellos planes sonrientes no hubiera podido navegar en el río de fuego de sus amores.
¿Por qué, de improviso—se decía—, un afán más duro que todas mis fuerzas ha tirado de mí, lejos de tales propósitos?
Y estremecíase, confuso de haber hecho daño sin poderlo remediar, de haber sido causa de dolor y de vergüenza para su madre, tan tiernamente amada, para sus mejores amigos, para su hermano, á quien Adolfo quería con entusiastas devociones. ¡Que la roja lumbre de la pasión no pudiese arder junto á la llama apacible de los cariños familiares!... Porque Adolfo pensaba en la niña del Robledo con ternura sedante y confortadora, llena de adivinaciones y deleites, como los que gozaba en el santuario de su propia familia.
Bajo el dominio de una amarga tristeza, envolvió en amplio ademán el amigo paisaje, aludiendo acerbamente: