—¡Todo se acabó!

Y volvió las espaldas al bosque deshojado, á la marina brumosa, al pueblo ceñudo, horizontes en querella con su porvenir. Siguió andando hacia la sierra salvaje, hacia la costa brava, como quien busca senderos piadosos, confines indulgentes para norte de su destino. En la tortura de una ondulación, la serranía dejó ver el camposanto, con su pálida toca de nubes sobre los graves maderos en cruz; y con brusco temblor cayó el mozo en la cuenta de que por allí sólo se iba al abismo de la muerte, más negro que la noche. De aquel lado agonizaba el sol. Toda la desgarradora tristeza de los crepúsculos norteños, se condensaba en el remoto confín del argomal bravío, entre las aguas grises y el cielo melancólico. Parecía que el mundo se acababa en aquel jirón de la sierra hincado en el mar, allí donde el tiempo hacía su fuga trágica en los atardeceres, galopando sobre un plantel de cruces que el humano dolor puso en la tierra...

Vuelve sobre sus pasos Velasquín, perseguido por la penosa sensación de infinita soledad que reina en el alto paraje, allí donde parece que se acaba el mundo.

La costumbre y el cariño llevan al muchacho, por detrás de la casita que ya es suya, hacia el hondo valle en tendal junto á la población marinera. ¡Pero también de aquí le espantan los temblores de su corazón!

Señora del valle la casa de Velasco, extendiendo sus límites con poderío solemne, infunde al mozo un respeto nunca por él sentido desde las amigas veredas. Toda la traza noble de su palacio parece que le acusa: huyen los linderos bajo la neblina que deshilacha el monte; las mieses, yermas, baldías, ondulan tiritando; el boscaje, desnudo y agresivo sobre un fondo de nubes aborregadas, ofrece la impresión medrosa de lanzas y monstruos, brazos sin cuerpos y cuerpos sin cabeza, fugitivos y amenazadores. En la fábrica elegante y jovial del edificio todos los huecos duermen con mueca de indignación y enojo; diríase que el palacete versallesco está vacío y sólo guarda los secretos de una tragedia impune. Pero bien sabe Adolfo Velasco de dos almas que allí padecen silenciosas desde el momento en que el ingrato mozo, poseído de la pasión súbita y recia, rasgó leyes de hidalguía, quebrantó resoluciones familiares é impuso, tras una escena dura y triste, el juramento de casarse con la de Alcántara. Y harto sabe también que no traspasará Regina los umbrales de aquel palacio soñoliento y fuerte, cerrado á todas las traiciones. Persuadido de todo ello, retrocede Adolfo con la pesadumbre del fracaso, caídas las alas del espíritu; nada busca ya, puesto que tiene la certeza de haber perdido muchas cosas...

Su mocedad y su buen ánimo le traen de pronto una esperanza firme: se yergue con altivez y valentía y sacude sus cobardes pensamientos. Considera que si todo lo que ama y pretende fuera de la casita del arrabal se le resiste huraño, él sabrá vivir para su gran pasión...

Razonando de esta suerte pone unos sonoros pasos sobre la tosca ruta, con la cabeza muy alta, orgulloso y apremiante, hacia el amor de su mujer. La convencerá de que deben partir para una larga excursión. Si aquí toda grata apariencia huye entre sus manos de novios, ellos se bastan á sí mismos para ser felices: irán lejos de mudos reproches y semblantes severos, hasta desbordar el triunfo de su corazón en un himno de juventud y de independencia...

Pálido y risueño, Adolfo silba un aire montañés cuya letra campesina y jactanciosa, desgrana mentalmente:

«La flor del romero

la van á cortar...