Si la cortan que la corten,

á mi lo mismo me da,

porque la flor del romero

para mí no ha de faltar...

La flor del romero

la van á cortar...»

Por el atajo que le lleva á su casa en pocos minutos, un arroyo que baja de la finca de Ramírez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qué remotas tristezas.

Pero Velasquín silba con ímpetu su tonada, para acallar el rumor de aquel llanto que viene del Robledo y cruza el valle, en querella lastimosa.

Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y le tiembla en los labios la canción... Cuando se acoge al portal de su casa, aún le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que vislumbró al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde y abandona á la parte de allá, un nombre se impacienta en su corazón: ¡Ana María!

Es inútil. Adolfo no quiere caer en más ansiedades: alegre y desesperado, canta, á voz en grito, al subir las escaleras: