«... porque la flor del romero

para mí no ha de faltar...

La flor del romero

la van á cortar...»

Todo está en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se oye trastear con acompañamiento de suspiros, en el jardín Pablo hace un hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afán, casi con furor, las caídas de la herramienta en el suelo repercuten al borde de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.

En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostro en la sombra de un cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser así, porque la voz, un poco empañecida de la trajinadora, repite:

—Son recuerdos... recuerdos...

Allí al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de ataúd, los trajes en desuso, los legajos prendidos en pálidas ligaduras, que trascienden á perfumes añejos y á historias olvidadas. En algunos manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentación de cantar las coplas.

—Serán del difunto don Jaime—alude en voz queda.

Los ágiles dedos han desplegado ya un papel.