La ausencia prematura de los desvelos maternales, emancipó á Regina de toda tutela familiar. Educóse en bravía independencia, bajo la guarda liberal y tolerante de Eugenia Barquín, doncella de confianza de la difunta señora. Mostraba la niña entonces un desenfado y una agudeza impropios de su edad: antojadiza y vehemente, con bríos y audacias varoniles, dióse á vivir sin ley ni freno, por campos y playas, criándose á su sabor en el regazo amigo de la madre naturaleza. Merced á este régimen de libertad é indisciplina, se acentuaron los rasgos de aquel carácter indómito, adquiriendo á la par la altiva huérfana un desarrollo físico admirable. Intrusa en el mar, con riesgo muchas veces de su vida; exploradora temeraria de las sierras y de los bosques; enamorada fuertemente de la emoción y del peligro; llena de precoces curiosidades, Regina supo de la montaña y de la costa, de los peces y de los nidos, de misterios y sorpresas, de juegos y burlas, tanto como el chicuelo más pícaro de la marina.

Medró en tales holgorios la salud de su cuerpo cenceño y grácil—rubia espiga en flor—y llególe con los primeros barruntos de lozana pubertad un ansia nueva, una codicia de conocer y penetrar los secretos de las cosas. Acontecíale á ratos quedarse como suspensa y triste, contemplando el mar y el cielo y la profunda soledad de las campiñas, escuchando en el silencio de los crepúsculos la sorda respiración de las aguas, las pulsaciones inefables del corazón de la naturaleza. Toda el alma se le henchía de voraces preguntas, de confusos deseos, de misteriosas revelaciones, y aquella muchacha tan robusta y alegre, que apenas sabía de lágrimas ni de penas, lloró muchas noches sin saber por qué...

Bajo la dura epidermis de su infancia libre y torcaz, sin consejos ni ternuras, empezó á latir blandamente, como un río de savia, el hondo sentimiento femenino, la voz íntima y dulce del sexo, á punto ya de florecer. Apartóse Regina por instinto de sus joviales camaradas, cultivó con más delicadeza los cuidados y placeres del hogar; sintióse mujer al cabo, y fué adquiriendo poco á poco un aire saladísimo de gravedad señoril.

Pero la vida sedentaria y monótona, entre un aya ignorante y un niño melancólico, lejos de satisfacer las ansias nuevas de Regina, las empujó por ásperas rutas de silencio y de tristeza. Juntamente con la fuerza juvenil se le habían desarrollado las fuerzas todas del espíritu: el agudo entendimiento, la fértil imaginación, la mal educada voluntad, el deseo imperioso de vivir y de saber. Encendiósele en el alma una sed abrasadora de emociones y novedades, una curiosidad violenta de cuanto veía y adivinaba en torno suyo, en la tierra y en el cielo. Mas recluída en un rincón provinciano, y un poco refractaria, por su genio desapacible, al trato de las gentes, cayó en una especie de melancolía, con trazas de incurable dolencia moral.

Abandonada á su albedrío, en esta profunda crisis de su ardiente naturaleza, dióse á la lectura sin freno, devorando cuantos volúmenes había en la olvidada biblioteca familiar. Las trece primaveras de Regina, inclinadas precozmente en voraces indagaciones, sobre todos los misterios de lo humano y lo divino, asaltaron como ladrones rapazuelos las viejas ramas del árbol de la ciencia. Gustaron primero los sabrosos frutos de la poesía, lindos como racimos de cerezas; luego las novelas de amor, agridulces como los nísperos; más tarde, las narraciones de viajes y de historia, las tragedias reales ó imaginadas, de recio sabor y humano perfume, como los membrillos maduros, y aun llegaron á clavar el diente en la áspera poma de la discorde filosofía.

Dueña la curiosa de aquellos tesoros ignorados y abierto el apetito por tan raros estimulantes, no hubo libro, ni siquiera de medicina, donde ella no clavase los ojos y el pensamiento; repasó estampas, índices, diccionarios y pergaminos; hurgó, avara, en viejos códices y en bibliotecas novísimas, royendo como un ratoncillo goloso, cuanto ofrecía pasto accesible á su creciente curiosidad. Pasó «las noches en claro y los días en turbio», desflorando las ideas sin discernirlas ni asimilarlas, creándose un mundo peregrino de falsas imágenes y confusas memorias, hasta sepultar poco á poco su fresca juventud bajo la balumba del papel impreso.

Como el Príncipe azul, del gran Benavente, que todo lo aprendió en los libros, en libros quiso aprender Regina el arte de vivir, y buscando, á tientas, luces para las más obscuras razones, abrió los empolvados volúmenes de su padre, andariego poeta á quien el hogar sólo recibía en fugaces horas de fatiga ó de antojo. En dos años de frenéticas lecturas agitó aquella niña su entendimiento y su corazón, sin otro fruto que una tristeza estéril. Los libros destilaban melancolía. ¿Es la vida, acaso, tal como la describen los poetas y filósofos?... Entonces no merece la pena de ser «vivida»; la única solución es morir... Presa de una calentura romántica, leía con avidez los sarcasmos crueles de escépticos y pesimistas, embriagándose con el néctar de fuego de Niezstche, con la cerveza negra de Schopenhauer y el licor untuoso de Renan.

—Es «el mal del siglo» lo que yo padezco—pensaba Regina entre afligida y gozosa, ante la idea de sufrir una enfermedad sutil y aristocrática. Pero en medio de sus hondas melancolías, mezcla de tristeza, de pedantería y de orgullo, juzgábase como un ente superior y miraba á sus convecinos con aire de vanidad satisfecha, como si dijese:

—Para mí no hay secretos... Lo sé todo...

Espíritu liviano y enfermiza voluntad, el padre de Regina se había sometido siempre á la cobarde esclavitud de sus pasiones. Confundiendo el amor con el capricho y la costumbre con el deber, se dejó llevar de la vida por los más fáciles senderos, medio loco, medio niño, inconsciente y errático, con una leve sospecha de sus errores y un gran fondo de bondad en el corazón. Tal vez la esposa que le destinaron no le convenía. Era una mujercita infantil, débil de cuerpo, inocente y cariñosa, que todo se lo toleró á su marido con la sonrisa en los labios, como si con sus tolerancias solicitase el perdón de alguna culpa grave. Torpemente le buscaron á Jaime de Alcántara esta novia enamorada y sumisa que debía refrenar los hábitos del bohemio, guardarle en el silencioso rincón de Torremar y convertirle en sensato padre de familia... El aceptó con júbilo aquella alianza, porque le divertía su inesperado papel de fundador de hogar con tan dulce muñeca. Y ella, sonriendo, sonriendo, le aburrió y le dejó partir.