Rumores de la mar y de las frondas llegaban hasta el lecho, como acentos de la inmensa plegaria entonada por la naturaleza al otro lado del balcón, donde la luna rezaba con la noche.

...Blanqueaban apenas en el cielo las primeras luces de la aurora, cuando Regina se despertó sobresaltada por sueños confusos é inconscientes cavilaciones. Al abrir los ojos suspiró como aliviada de congojas y pesadumbres. Ya su cama no se mecía en el mar, ni en su cabeza rodaba isócrono y formidable el rumor del buque. En la quietud de su lecho, en la silenciosa paz de la alborada, le pareció sentir la maternal caricia de su noble tierra española. Mejor que entre el palpitante resuello del barco llegaba ahora á sus oídos la voz dulce del mar, que mansamente embatía en la ribera su espumoso oleaje. Al son de las olas cantaban los pajarillos muy delicadas y sutiles melodías, á la vez que se rizaba el follaje nuevo, tembloroso al recibir los primeros rayos de la luz. Los árboles centenarios, desperezándose también, modulaban con las lenguas de sus hojas un saludo cortés á la mañana.

Envuelta en los halagos de la tierra, la peregrina del mar sentíase dichosa. Y con tan blando deleite se le llenó á Regina el alma de unos deseos muy cándidos y sencillos. Soñaba ahora ser buena y humilde en un rincón del mundo; un rinconcito plácido, semejante á Torremar, la ciudad costeña cuna de sus mayores. Allí se casaría con un mozo hidalgo y robusto, sano brote de la indomable raza montañesa, diestra antaño en el uso de linajudos blasones y armas peleadoras, y le nacerían unos hijos fuertes y hermosos, sonrisas vivientes capaces de realizar todos los afanes de ventura que empujaron á la viajera ambiciosa por tan varios caminos de la tierra.

La sonrosada luz de aquellas ilusiones mostrábale á Regina el cuadro idílico de una nueva existencia: experimentaba la soñadora un bienestar intenso al sosegar su agitado espíritu en una visión tan apacible y balsámica. Torremar, la coquetuela ciudad donde nació, se le aparecía como un gran lecho de silvestres flores, donde iba á dormir años seguidos en la bella serenidad de un ensueño delicioso. Veía su casita blanca y verde, asomando al Cantábrico la solana profunda, y respaldándose en un cercado, mitad huerto, mitad jardín, donde lozaneaban las sabrosas frutas sobre las aldeanas clavellinas y las opulentas rosas de Jericó... Allí, entre la ciudad y el campo, entre el mar y la sierra, con amor y salud, y con dinero, era seguro alcanzar la dicha y esclavizarla, y poseerla plenamente, si de cierto en el mundo podía lograrse... Ninguna memoria triste ahuyentaría de la casa blanca y verde aquellas ambiciones; porque en su hogar sólo había llorado Regina lágrimas triviales, de las que no dejan sombras en el espíritu ni huellas en el rostro: todas sus penas nacieron y peregrinaron lejos de Cantabria. De llantos duraderos y recias tempestades del corazón supo y adoleció en lueñes playas, muy ajenas á la suya nativa; todos los jirones de sus anhelos insaciables pendían en las zarzas de remotos caminos...

De esta suerte razonaba la ilusa, nimbada por un cerco de optimismo matinal. Pero en el fondo de tales razonamientos, nacidos con la suave luz de la aurora, temblaba doliente la angustia de una vida llena de lutos é incertidumbres, de equivocaciones y fracasos...

Mientras sueña en su lecho la protagonista de esta veraz historia, yo te invito, lector, sobre sus páginas, á viajar conmigo en el raudo Clavileño de la fantasía, para que «á vista de pájaro» contemples una azarosa juventud de mujer. Por tan alado sistema, conocerás la vida y milagros de la viajera rubia.

II

la infancia de regina.—el árbol del bien y del mal—eugenia barquín.—la vuelta del padre pródigo—viva la bohemia.

Contaba ocho años Regina cuando murió su madre. El cariño de aquella dulce dama, enfermiza y risueña, de semblante infantil, quedó pronto confuso en el voluble corazón de la niña y llegó á ser, más tarde, para la ardiente púber, como una vaga sombra flotando en los recuerdos de los días de infancia y primavera.