—No: el pobre Daniel, devorado por los peces, nada tiene que ver con una estrella que corre, con una brisa que pasa... Mi hermano se acabó para siempre; no me llama ni me sigue ni me necesita... Y es menester vivir y gozar y defenderse todo lo posible de ese espantoso acabamiento en que él cayó.

Rió la muchacha acerbamente cara á las estrellas pensativas, y sacudiendo su melena infantil, libre y lánguida, sobre los firmes hombros, tornó resuelta á su habitación, prendió la vela y empezó á desnudarse con lentitud. Pensaba en la felicidad con una vaga mueca de cansancio, mientras desabrochaba su levita y soltaba los automáticos de su falda tailleur, corta y liviana.

—¡La felicidad!... exclamó codiciosa. Y con súbita inspiración, acordándose de la doncellita del hotel, se le ocurrió que bien pudiera consistir la felicidad de una moza en andar descalza y tener un novio gallego... Pensar esto y descalzarse, todo fué uno. Curiosa y lista, se lanzó á la experiencia, en su primera parte por de pronto, y anduvo por la estancia, vagarosamente, en leves paseos silenciosos, inclinando la cabeza con placer para mirar sus pies largos y ágiles, de fina piel morena. Mas, á poco, se detuvo sintiendo la desagradable sensación del tillo empolvado bajo sus plantas, y sentóse al borde del lecho para sacudir con escrupulosidad ambos pies desnudos y mortificados... Decididamente, la felicidad de la niña camarera no era semejante á la de Regina.

En el pasillo, rumor de pasos y de voces rompió el silencio en que yacía el hotel. Eugenia Barquín y el caballero alcoyano, se despedían volviendo del comedor:

—Buenas noches.

—Muy buenas.

—A los pies de Regina.

—Desgracia doble para mis pobres pies—rezongó bajito la muchacha.

Y aún el de Alcoy taconeaba por el corredor cuando Eugenia, precavida y cuidadosa, empujaba los baúles detrás de la puerta antes de acostarse.

Agonizaba la bujía, crepitante y tembladora, y á Regina, adormilada ya, le rondaba el sonsonete de una popular oración, ingenua y simple, que sin pedirle al alma licencia, repetía muchas veces su memoria, como un eco de la infancia: Con Dios me acuesto... con Dios me levanto...