Respondióle Regina con benévola aquiescencia, y quedó sola en la estancia, á la temblona luz de una bujía, ya caída la noche dulcemente sobre el balcón abierto.
A instancias de la joven había emprendido Eugenia Barquín los penumbrosos caminos del comedor, y cuando la moza camarera se confundió en las espesas sombras del pasillo, en vano Regina tratara de sorprender algún rumor de vida en el enorme edificio desierto y mudo. Tan callando pasaba aquella hora, que la viajera oyó el tic-tac del tiempo, latiéndole en las sienes y en los pulsos y palpitando en la silente noche.
De pronto, en el corredor ululó el viento, arrastrando un profundo sollozo de la marina; se dobló la llama de la vela, y el taque de una persiana alzó un eco medroso. Quedó á obscuras el cuarto, y Regina se refugió en el balcón, avergonzada de tener miedo, pensando vagamente en su revólver, y conmovida, á pesar suyo, por la tristeza quejosa de aquel soplo extraño, que apagó su luz y agitó su cabello, alejándose rápido y solemne, como errante suspiro del mar. Miró al cielo Regina, y al fulgor solitario de la luna, vió cruzar, rauda, una estrella que se abismó en el fondo de la noche.
—Es un alma que pasa—dijo con el poeta.—Un alma que suspira—añadió cavilosa y triste, sacudida por la ráfaga misteriosa.—Es el alma de mi hermano... Es Daniel que desde el mar me besa; Daniel que llora, que tiene miedo...
Convulsa y pálida, consultó las sombras del aposento y el suave resplandor del paisaje. Parecía investigar con avidez, buscando por el cielo y la tierra la escondida verdad de grave duda, y en la ardiente claridad de sus ojos fulguraba una interrogación ansiosa.
Pero, como pasaron fugitivas la ventada por la tierra y el astro por el cielo, así aquella intensa emoción de la dama huyó también fugaz, y una escéptica sonrisa apagó la inquietud de los radiantes ojos.
Era que Regina, en un instante, al evocar la escena cruel de la muerte de su hermano, se había sentido presa de una amargura penetrante y fría, tan fría como el cuerpo de Daniel sepultado en las olas. Era que le causaba siempre un helado estupor la imagen del enfermo, estremecido por la dura congoja de la asfixia, dilatadas las pupilas por el miedo, luchando mísero, unos minutos, para caer inerte y desvanecido, colgante como un pobre muñeco de trapo dentro del sillón de mimbres mecido en la cubierta del buque...
Aún sentía la muchacha en los labios el ardor de los besos con que quiso colorear la lividez del amado rostro; aún vibraban sus nervios con la fuerza de aquel abrazo en que alzó al muerto como á un niño, llamándole á la vida con vehemente súplica... Daniel fué insensible á sus caricias y á sus ruegos; él, tan apocado, tan espantadizo y cobarde siempre, mostró impasible en su cara una sonrisa de cera, cuando desde la borda le dejaron resbalar por el trágico tablón hasta el fondo del Océano...
En la presente espléndida noche, la primera noche española que custodiaba la juventud de Regina, sintió la viajera que en su alma hundía una vez más el desencanto su acero agudo. Y después del rápido sacudimiento que la estremeció, creyente y enternecida murmuró con la desilusión en los labios: