—¿Y estás contenta?

—Estoy...

—¿No sales alguna vez de la isla?

—No salgo, pero...—y tras breve indecisión añadió sonrojándose:—me divierto aquí porque tengo novio.

—¿Gallego como tú?

—Gallego.

—Será guapo...

—Es.

Y la zagala, que había recogido los ligeros cacharros de la cena, despidióse de la señorita muy amable, asegurándola que era deliciosa la vida del Lazareto, espléndido el trato de la fonda, y que lo pasaría muy bien en los dos días de cuarentena.