La zagala, que era garrida y graciosa, parecía reflexionar. Al cabo dijo:

—Tendrá que pagar aparte, por servirla en el cuarto...

—Y mis raciones de jamón y de pollo, ¿no me las rebajaréis de la cuenta?—preguntaba Regina, con una curiosidad llena de regocijo.

Risueña y astuta, escuchaba la moza sin responder, fingiendo ignorancia, y cuando Regina le aseguró que pagaría lo que fuera menester por aquel antojo, alejóse en la sombra del corredor con pasos blandos y lentos, sin resonancia. Poco después volvió trayendo la silvestre cena, mal presentada y peor servida; pero las fresas eran buenas, y muchas, y tenían un penetrante aroma fresco y apetitoso.

Aderezó la viajera su manjar favorito con delectación refinada; en el plato sopero, un poco descascarado por los bordes, exprimió la fruta y la azucaró. Luego, despacito, vertió encima la leche densa y espumosa, hasta colmar el plato, y después, muy satisfecha, inclinó la cara con regalo para aspirar el aroma del singular banquete, poniendo en ello tales bríos, que tocó la crema rosada con la punta de la nariz...

Mientras cenaba Regina lentamente, con expresión golosa, la zagala camarera la estaba mirando, de pie al lado de la mesa, con los brazos en jarras y una mueca simplona en el semblante. No había solicitado permiso para amenizar con su presencia el refrigerio de la señorita, y calmosa, esperaba por el menguado servicio para economizarse un paseo al comedor lejano.

Después que la viajera apuró su golosina, encaróse con la moza, y sonriente inquirió:

—¿Sirves en el hotel hace mucho?

La galleguita, según la costumbre negligente y lacónica del país, respondió:

—Sirvo.