Diligente, la señora, se alejó por los obscuros corredores, y, al cabo de un rato, volvió con una moza descalza y mal vestida, que hacía, por lo visto, de camarera.

—Mande la señorita—dijo, ofreciéndose con humildad.

La miró Regina un largo rato, con señales de que empezaba á divertirla aquel hospedaje pintoresco.

La moza bajó los ojos y se puso colorada. Entonces dijo la grata voz de la señorita:

—¿Qué hay de cena, sabes?

—Hay muchas cosas—respondió la mozuela muy ufana.—Hay sopa, jamón, pollos, pescado...

—Muy bien. ¿Y de postre?

—Dulce de cabello y fresas.

Regina palmoteó como nena antojadiza que ha logrado un capricho:

—¡Ah, fresas!... Pues yo no ceno más que fresas. Y quiero que me las traigas aquí... Muchas, ¿oyes? Un plato grande, con leche y azúcar.