—Me duele un poco la cabeza, y me alivia tener el pelo libre de las horquillas, así, al aire. Corre aquí un viento que es todo aromas. No iré á cenar al comedor... Me acostaré temprano...
Quedó en silencio, en una bella postura de abandono que hacía resaltar todos sus encantos. Era alta, delgada, la piel morena, los músculos recios, desarrollados en una vida de ejercicios corporales, casi continuos. Con el paso largo y marcial, el talle recto y el seno apenas iniciado bajo su traje de corte inglés, algo masculino, pareciera un doncel, á no serle propia cierta gentileza muy femenina, dulce y triste á la par. Sus ojos, grandes y negros, fulguraban con intensa inquietud de pasiones: en aquellos ojazos errantes y curiosos, se asomaban al mundo, al través de la niebla de la miopía, misterios, ansias y fiebres de un corazón nada tranquilo de mujer. Ojos eran que mostraban, á veces, una tristeza sorda, un hastío, un desaliento conmovedores, y, á ratos, una perfidia, una ambición diabólicas. Bajo el arco ligerísimo de las cejas, en el rostro nimbado por los pálidos cabellos, los ojos eclipsaban las demás facciones de Regina, no muy correctas, pero, en conjunto, de expresión hermosa y profunda. Tenía la frente altiva, la nariz un poquito gruesa, el mentón suave y redondo, la mano aristocrática. Su boca sensual, propensa siempre á sonreir burlona, pecaba de grande, pero enseñaba unos dientes blanquísimos y daba noticias de una voz musical y elocuente, cuyas cadencias sonaban á canción y á verso. Aquella voz cantora fluía en mágicas palabras llenas de agudeza y donaire, revelando una cultura, muy rara en labios y entendimiento de mujer. Su conversación, más todavía que su tipo, demostraba un carácter fuerte y original.
Largo tiempo estuvo en la misma postura, mirando á la arboleda; pero volvió sin duda á pensar en el espejo, porque con movimiento repentino se acercó á los cristales del balcón, tratando de mirarse en ellos. No estaban muy aseados ni parecían muy complacientes con la tenaz consulta de la muchacha, que murmuró, al cabo, llena de enojo:
—En este gran hotel sanitario no encuentro ni un cristal limpio donde mirarme.
Y pasaba el dedo por los vidrios, señalando una huella escandalosa, mientras Eugenia se lamentaba:
—¡Qué soledad tan triste! Por toda compañía tenemos de vecino á ese comisionista de Alcoy, tu pretendiente en la travesía. Los comedores y las dependencias de la servidumbre están en otro edificio.
—No tengo miedo—replicó la muchacha, acodándose de nuevo en el balcón.
Caía la noche con languidez amorosa en el regazo florido de la isla, entre el perfume de las rosas de Mayo y las frescas alas de la brisa marinera. Mostraba el cielo todavía un fulgor del incendio que circundara al sol en el ocaso; la fronda sostenía en cada rama un susurro glorioso y peregrino; latía una fuente escondida en el huerto, y un mirlo silbó dos veces, como un zagal oculto en la espesura.
—Parece que está la isla despoblada—murmuró Regina con asombro,—Acaso nos han dejado solas con el de Alcoy... Eugenia: podías asomarte por esos pasillos misteriosos, á ver si encuentras quien nos dé noticias del comedor... Tengo sueño y quisiera acostarme pronto.