Se quedó el mozo meditabundo. Su madre, para conmoverle, para uncirle á su compromiso con Ana María, habíale iniciado en los amores y dolores de la silenciosa tragedia. Pero en aquel tiempo, Velasquín, borracho del licor de sus antojos, no percibió el perfume de aquellas rojas flores de pasión y tormento que ahora, de improviso, tomaban alto y puro relieve en su conciencia.
La vigorosa juventud de Adolfo penetraba en el devastado corazón de Carlota con más sigilo y certidumbre que la ancianidad de doña Mercedes.
Y con profunda lástima pensó el caballero en aquella hermosa mujer, sola en lo alto de la vida, cerrando voluntariamente los ojos á la única estrella de su camino. La conducta hidalga de Manuel hallaba dulce premio en el amor de un ángel: Ana María Ramírez era un espléndido regalo para el hombre más descontentadizo. Seguro de ello, Velasquín, imaginó que mientras á su hermano le sonreía tan apetecible recompensa, Carlota ahogaba detrás de sus labios sonrientes un sollozo en que rugían la soledad y el desconsuelo, con todo el humano poder de una pasión que asaltaba á la pobre criatura en el desamparo de su peregrinaje, como animal dañino que acecha al inerme viajero.
Cuantas sublimes resistencias pudiesen existir en el corazón de una madre, le parecían al mozo insuficientes para conllevar el sacrificio de Carlota. Y sobre estas cavilaciones, en que Velasquín sentía rodar un imaginario rumor de lágrimas, se alzó la voz inquieta de Regina. Creyó la dama adivinar los pensamientos del esposo, y extraviándose en sus conjeturas, fulminó un dicaz comentario:
—Pues ya «estábais» lucidos tú y la fugitiva...
Pero el joven murmuró con fervor, únicamente:
—Carlota es una santa.
Cambiando de tono, obsesionada y envidiosa, dijo entonces la mujer, como si hablase consigo misma:
Adolfo ya miraba á su interlocutora con más atención.