Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura, como el barómetro; así, el viejo proporciona á su agente y enemigo augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve á ser «cuestión palpitante»; y aunque no vendrá igual que antaño la ronda de curiosos á indagar el origen de tales rumores, en risueña parranda, el farmacéutico sonríe complacido y arremete con ímpetus á su preparación contra la polilla, de enorme utilidad en la canícula.

Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el declamador buen mozo á predecir, con voces misteriosas, graves sucesos en la familia de Ramírez: mas en vano gesticula en actitud interesante, y finge alarmas, y augural balbuce:

—«Según tengo entendido»...

La gente mira incrédula al Robledo, y ni los más inclinados á la catástrofe y á la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie drama alguno: adormecida está en la altura, con beatitud amable, como si prestara oído á la solemne respiración del Cantábrico; y el cantar de las aguas corrientes brota de las entrañas de la selva con tan mansos rumores, que hasta los más pesimistas y agoreros oyen en su voz un romance de paz.

Si la señora de Ramírez se apareciese allí donde su hijo ambula esperándola, de seguro el vecindario sonreiría con benevolencia, creyendo á Carlota un ángel en quien Dios hacía gala de prodigios. Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha devolver la dama del Robledo, tiene una dulzura placentera que Felipe Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...

En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y alegre de la viuda de Velasco—casi nunca vista en la población—apoyándose en la niña de Ramírez, y con la escolta galante de Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden en la tienda más rica de la ciudad.

Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto están atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.

Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus ojos al otro lado del fino cendal que cubre á las señoras, arrodilladas, impacientes y febriles.

Y al sorprender la risueña observación de Velasco enrojece Ana María, y se turba.

Ya no es preciso más para que cuenten aquella noche las de Estrada que otra vez hay barruntos de boda en el Robledo: asienten las de Bernaldo; las del juez aseguran, y ármase un guirigay estrepitoso, del cual llegan rumores á cada paseante de la alameda, donde el estío reune á la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril: