—Con mujeres como Ana María, ya puede ser Velasco un caballero.
—Adolfo no lo fué—murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.
Pero él replica impávido:
—Un caso de locura no se repite con frecuencia.
—¡Buen desfacedor de agravios tenemos aquí!—ríe muy relamida la celosa.
Y el joven se conduele agresivo:
—¡Si no estuviera «tan alto» el Robledo!...—Después lanza, burlón, una pregunta al corro:
—¿No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender terciopelos y lanas?
Todos sonríen mirando á Filo; la sensible doncella, dándose por aludida, responde con mucho desdén que ya es viejo ese específico... «de la calle Real», porque el año anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel... ¡y se le picó toda!...
—¿Se le ha picado á usted la piel?—compadece Estraduca, tímido y desolante, asomando la nariz por detrás de sus hijas.