—No sufro nada. No siento nada... ¡nada!—corrobora con un ligero espasmo de extrañeza.
Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la creían achacosa y doliente.
No ha pasado la primera semana sobre la singular resurrección, y una tarde Regina se entretiene en tirar al blanco en pugna con Velasquín, desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y junto á la cerca, Adolfo propone á su mujer colocar desde allí, á porfía, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el caballero, y acierta; la señora apunta y dispara: una cruz del plantel cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al herido leño.
Velasquín, pálido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas funerales; Regina corre detrás, sin miedo ni susto, rauda y leve como una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el marido incorpora á una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue entre los brazos del símbolo piadoso un nombre: ¡Gabriel!
Cuando la triste desmayada vuelve en sí, mediante la asistencia de ambos jóvenes, mira á la cruz y prorrumpe en lamentos:—¡Gabriel! ¡Gabriel!—murmura.—¡Está sangrando!... ¡Le han herido en el corazón!
Y furiosa de repente, arranca puños de flores y se los echa al rostro á la culpable. Luego, huye veloz y frenética, gritando su desventura. Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudiéndose los pétalos de rosas que le salpican el traje, sonríe con absoluta indiferencia.
Los ayes de la novia repercuten en el acantilado bravío, mezclándose al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando Velasquín y su esposa llegan á la población, ya en el alto argomal las florecillas silvestres entornan con sueño los dorados ojos. Se duele el joven del percance, culpándose de no hacer prevenido el posible error de aquel disparo; aún se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la loca alborote á la gente, y que en la desenfrenada fantasía popular adquiera visos de profanación aquel suceso fortuito; pero Regina escucha sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen ni á ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de Velasquín es para la dama un ruido más, un rumor que se une al de las olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos de Gabriela...
Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece porque no halla razón á la indiferencia extraña de su esposa. Cayendo la noche tornan los dos al hogar mudo y áspero, donde las incertidumbres del mozo vuelven á insinuarse, mientras el señorío de Torremar, congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas domingueras, no ya en plácemes de boda como la anterior, sino en derroche de vilipendios contra Regina de Alcántara, que otra vez sale de aventuras á dejar en su camino una huella de escándalo. Y del coro de vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma exótico, entre mal disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que ondulan como bandera de rebeldía, malignos y seductores...