Hay tal angustia en esta confesión, que la dama viajera se detiene; su actitud, segura y apacible, contrasta de un modo original con el aspecto inquietante de Regina. Sorprendiéndolas allí, en tan raro coloquio, se las tomaría por imágenes de una fantástica historia; pudiera creerse que la joven peregrina, cobarde y sin rumbo, pregunta á la reina del Bosque:

—Dígame, por favor: ¿hay por aquí posadas y veredas hacia el Buen Paradero?... ¿Habrá lobos y ladrones?

Y parece que responde, solícita, la señora del manto:

—¿Ves aquel caminuco lleno de abrojos? Sigue por él... Andarás, andarás; si te hieres, no grites; llora en silencio y ofrece á Dios tus tribulaciones. A la derecha, siempre á la derecha, se ensancha la ruta, el suelo se ablanda y se toca el final del camino; el descanso, el triunfo...

En realidad lo que hablan las dos mujeres tiene mucho parecido con eso.

—Amar es recrearse con el bien de otro—dice Carlota—; es sufrir por el ser amado y olvidarse de sí mismo... Obrar el bien es tener la caridad por norma de nuestras acciones.

—Me seducen las palabras de usted, aunque no las entiendo—afirma la de Velasco—; tienen música y miel, tienen aroma... ¿Cuándo volveré á verla? ¿No querrá usted aparecérseme en este bosque, como una princesa encantada?

—No, no—sonríe la del velo—; al contrario; huiré de estos lugares apenas coloque la mano de mi hija en la de su esposo.

—¿Dónde vivirá usted?

—En un rincón sereno, donde la Virgen me ayude á curar á Carlitos.