—¿Tienes curiosidad?

—¡Tengo envidia!—Y con audacia añade:

—Yo conozco la vida de usted; sé que por esta selva, en este memorable día de regreso, usted va hacia el más duro de los sacrificios: ¿por qué va usted predicando la esperanza y el amor?

Carlota, palidísima, con voz de lágrimas, responde:

—Porque voy también al triunfo...

Levanta los ojos al cielo y á Regina se le van los suyos detrás de aquella mirada. Se han partido las siniestras nubes y un jirón azul asoma en el espacio como fugaz sonrisa del celaje.

—No me puedo detener—dice Carlota muy conmovida;—el más valiente, el más puro de los amores humanos, me espera detrás de esos árboles... Adiós.

—Respóndame usted—clama Regina asiéndola del velo.—Derroché mi juventud al través del mundo, buscando la felicidad...

—No la busques. Busca el bien solamente y lo demás te será dado por añadidura.

—Pero es que no lo encuentro; voy desorientada y loca; no me abandone usted, que sabe los caminos...