—Sí; es menester que llueva en los corazones para que fructifiquen.

—¿En dolor?

—Y en amor; en caridad, que es fuente de vida eterna... Pero ya me voy; llevo mucha prisa... Me detuve á consolarte un poco.

—¡Oh, espere usted!... ¡Un minuto!... ¿Quién le dijo que yo era desgraciada?

—Mi presentimiento.

—¿Porque fuí culpable?—confiesa Regina bajando la frente.

—La culpa—dice Carlota evasiva, para responder con más piedad—engendra un dolor estéril, sin esperanzas ni compensaciones.

—Así es el mío—confirma la escéptica con amargura.

—Pues truécale por este otro, confiado y sonriente;—y Carlota señala su corazón.

—Aguarde usted otro momento—suplica la joven al ver que la señora trata de partir,—y dígame algo de ese corazón que usted me enseña.