La codicia pone un relámpago en los ojos audaces de la dama rubia.
—¿Y qué haré,—murmura subyugada—para poseer esos frutos y esas alegrías?
—Sufrir y amar.
—Ya sufro...
—¿Y amas?
—No puedo... no sé. He conocido todos los amores y ninguno me conmueve... ¡Tengo el corazón helado!
—¿Todos, dices que los probaste?—advierte incrédula Carlota.—Sin remontarte al cielo, aún te falta uno, el más hermoso, el más grande...
—¡Ah, sí! Feto «ese»—aduce Regina—es superior á mis fuerzas... No podría con el.
—«Ese», derritiendo la nieve de tus entrañas, te haría llorar mucho: te salvaría.
—De modo, ¿que es preciso llorar para salvarse, llorar para ser feliz; siempre llorar?