Alza los ojos y la voz la querellosa dama, y quiere explicar:
—Pues yo, venía por aquí á dar un paseo...
—¿Sola, en una tarde tan cruel?
No hay ironía en este comentario; la duda de Carlota está llena de lástima. Y con dulce compasión, añade:
—¿No eres feliz?
Escucha la de Velasco, seducida por la entrañable suavidad de aquel acento.
Sobre el luctuoso ropaje de la viajera, derrama el bosque, como una caricia, el oro sutil de algunas leves hojas, y el viento, que no se cansa nunca de rondar en las selvas otoñales, gime «escuchos» tristísimos alrededor de las solitarias mujeres.
—¡Feliz!—exclama la joven amargamente.—Y ansiosa pregunta:
—Pero ¿existe la felicidad?... ¿Usted la conoce?
—¿Yo?—balbuce la enlutada;—yo conozco la alegría de mis penas... he saboreado los frutos divinos del dolor.