En el semblante hermoso de la enlutada cayó una sombra; ¿qué pretende Regina con aquella importuna afirmación? ¿Trata de disculpar sus traiciones, recordando que no impide el matrimonio de su amiga, ó conoce el secreto de la madre y quiere atormentarla?...

Las dos señoras se miran otra vez, en sondeo tenaz, hasta que la de Heredia murmura con voz firme:

—He venido á la boda.

—¿No la esperan á usted?

—Siempre me están esperando—sonríe la peregrina. Y continúa:

—Quise venir sin avisarles, porque sé que no daña la felicidad.

—Ana María estuvo enferma... de la impresión...—alude entonces Regina; pero ya está valiente.

—Sí: también Carlos se muestra valeroso—asegura Carlota, evadiéndose de comentar el suicidio y con acento que á la coqueta le parece una acusanza.

Quedan mudas un instante, sin saber qué decirse, disimulando impulsos y palabras bajo apariencias indiferentes. Al sentir memoria y corazón sacudidos por recuerdos y emociones, la dama rubia advierte que nadie espera su visita en casa de Ramírez; ya se lo ha demostrado la extrañada pregunta de Carlota. Y el despecho vengativo hacia Velasquín, renace y dicta á la mente torturada amargo insulto:

—¡Miedoso! No ha tenido valor para subir conmigo, y me envía sola, ciega y torpe, á demandar clemencia... ¡Me he casado con un nene, con un cobarde!