Acércanse las dos mujeres, se miran á los ojos en silencio, y Regina balbuce con una voz que no parece suya:

—¡Carlota!...

—¿Adónde vas, Regina?

La de Alcántara no responde, y en el estupor de una sonrisa atónita, quédase mirando á la viajera, cuyo acento dulcísimo, al derramarse en la desolación del robledal, juraría la joven que tiene resonancia prodigiosa; porque, de pronto, los árboles ariscos, el aire helado, el celaje adusto y su propio impasible corazón, le preguntan á un tiempo:

—«¿Adónde vas, Regina?»

Una sorpresa enorme la sacude, como si despertara de sueños ó de fiebres y cayera de improviso en certidumbres espantosas. Mudamente se dice:

—¿Estoy muerta?... ¿Seré sonámbula?... No; ¡estoy viva!—asegura, sintiendo agudo y potentísimo el dolor de vivir. Y bajo la zarpa de las pasiones y el aguijón de la memoria, enrojece y se turba.

—¡No te guardo rencor!—dice benigna la señora del velo, al ver á la muchacha vacilar en confusión tremenda. La moza repite:

—¡No me guarda rencor!—Sabe que esas palabras se las ha dicho también Adolfo, refiriéndose á Carlos y Ana María: ya sus recuerdos no huyen como antes; ahora punzan y duelen, y hasta los más lejanos retornan en tropel dentro de un rayo de luz que ha caído en el alma de Regina desde los ojos profundos de la viajera. Del tumulto de luminosas membranzas toma con sagacidad la de Velasco unas partículas y compone esta frase, evasiva y extraña, fuera de lugar:

—Ana María se casa con Manuel...