—¡Si subieras al Robledo!... Allí no te guardan rencor. Pronto seremos hermanos de Ana María, porque la boda se hará en breve.

Sin recordar por qué los de Ramírez habían de ser rencorosos para ella, Regina maquinalmente pregunta:

—¿Has subido tú?

—El día del entierro... Carlos estuvo amable conmigo y su hermana me preguntó por ti.

—Subiré hoy—dice la señora muy tranquila—; tú me irás á recoger cuando anochezca.

Y por los mismos senderos tan paseados el año anterior con locas ambiciones, la dama rubia, indiferente y desamorada, insensible y fallida, fué ganando la cumbre aquella tarde, bajo un cielo plomizo, entre las rachas del agorero vendaval.

Por consejo de Eugenia vistióse Regina un traje obscuro: ahora le es muy fácil y cómodo seguir cuantas indicaciones se le hacen, como si no tuviese voluntad, interés ni deseos para cosa alguna. Le ha dicho Marta antes de salir:

—Abríguese bien, por Dios; hace mucho frío, «está cociendo nieve»...

Y la señorita se ha envuelto en su estola de piel con mucha docilidad: cuando vence el atajo, ya en la linde de la selva deshojada, oye en el camino real las campanillas de un carruaje; pero va ausente de cuanto la rodea, y no se preocupa del coche que sube hacia el Robledo, á poco de haber tocado un tren en la estación de Torremar.

En el escampo del bosque, Regina se detiene porque una sombra avanza con aire majestuoso al encuentro de la visitante: es una dama vestida de luto; sobre su albísima frente el velo de crespón semeja una desgarradura de la noche caída en el dosel de la mañana.