—¡Odio... odio!...
—Amor... amor...—aleteaba el corazón de Ana María, refugiándose en los brazos defensores de Manuel. Al sentir el mozo los apremiantes latidos de aquel pecho tan suyo, hízose un eco de la blanda querella, confirmando:
—Sí; amor... amor...
Y después de una pausa en que la caridad y el sentimiento rehogaron en el alma de Manuel los más nobles propósitos, añadió acariciando la frente de la niña:
—Es menester sacarte pronto de aquí; lo resolveremos mañana mismo—. Se la confió luego á Carlos con muchas precauciones, y bajó á su casa impaciente.
Triste fué la velada del Robledo: don Juan se escondió en su alcoba soliviantado, sin permitir que nadie traspasara el dintel; y junto á una vidriera, ya cerrada al rocío del otoño, Carlos y Ana María recordaron con angustia y sigilo todas las pesadumbres apuntadas en la memoria de su corazón. El paisaje, pálido y confuso bajo la luz de la luna, parecía penetrado de santidad y el rumor de las olas rodaba en el silencio como enorme sollozo de la vida...
Al nacer la siguiente mañana, en el dormitorio de don Juan resonaron quejidos, y piadosa Ana María, acudió con solicitud cerca de su padre: un espectáculo horrible la clavó al pie del lecho, pávida de terror; el sabio se debatía con la muerte, entre las sábanas húmedas y rojas, ya sumidos los ojos en tinieblas. Habíase inferido en el cuello bárbaro corte, valiéndose de una cuchilla sutil del laboratorio.
Pocos minutos después inclinábase don Amador con infinita piedad sobre la tremenda agonía. Desde fuera, señores y criados escuchaban distintamente el acento fervoroso del sacerdote, que, sobreponiéndose á los ayes del moribundo, decía con solemne ternura:
—El odio mata y condena; el amor redime y perdona... Don Juan Ramírez: espere usted en la misericordia divina; clame usted, con fe, desde el fondo de su alma: ¡Jesús... Jesús... Amor... Amor...!
Aún vibraban resonantes y compasivos los comentarios del drama cuando Velasquín se atreve á decir á su mujer: