—Sobre los corazones, sí.

—¿Qué me importan á mí los corazones?

—Por eso huyen de usted...

—No me hacen falta.

El mozo, endulzando su acento, murmuró, más compasivo que indignado:

—La vida es amor.

—Aborrezco la vida.

—¿Cómo quiere usted entonces dominarla?

—Con el odio.

—¡Pobre don Juan!—compadeció Velasco, doliéndose de aquella demencia destructora que le desarmaba con la propia insensatez. Y Ramírez, jadeante como si rindiese la jornada más penosa, giró en redondo, y hundióse en la obscuridad, de donde había salido igual que un fantasma. Iba regruñendo: