—¿Qué buscas tú aquí? ¿A qué vienes?... Esa mujer es mía.
—Está usted equivocado.
—¡Es mía!
—Le digo á usted que se equivoca.
El discípulo entonces, soltando al profesor, le hizo mirar de cerca el espavecido semblante de la niña. Próximo ya el crepúsculo, había crecido la obscuridad por instantes, y en las altas rejas, leve soplo otoñal, deshojador de rosas, parecía gemir sobre los gajos murientes de la luz. El sordo murmullo de las aguas semejante á un lamento; las reverberaciones del acuario, con su muchedumbre temblorosa de inquietas vidas; todo el conjunto original del recinto, puso marco de imponente emoción al terrible episodio.
—¡No es ella!—profirió don Juan, escudriñando con avidez la cara llorosa de la joven. Quedó un punto perplejo, y con súbita audacia gritó en seguida.
—Pero ésta me pertenece también.
—Me pertenece á mí—refutó Velasco, tranquilo y firme. El padre quiso avanzar con la mano extendida, mas le detuvo, inmóvil y medroso, la reciedumbre de otra mano, mientras añadía Manuel con reconcentrada expresión:
—He adquirido derechos sobre ella á muy alto precio.
—¿Y pretendes tener en mi casa más derechos que yo?