—Así parece.

Y mientras don Celso, pálido y tembloroso, dilatada la nariz y los ojos brillantes, conmovía á la vecindad con la triste nueva, echó el mozo á correr, calle abajo, en busca del médico.

Aconteció la víspera en el Robledo que Ana María bajó al sótano para hacer, como de costumbre, la renovación y limpieza del gran acuario instalado allí. De algún tiempo á esta parte, sentíase la joven más animosa para llevar las difíciles riendas de aquel laboratorio sin labores, con vistas á un hogar arrecido. La inspección cotidiana del acuario constituía para la moza un curioso divertimiento: gustábale descubrir aquel fondo de mar en miniatura, que proyectaba, en la obscuridad del sótano, perspectivas fantásticas y emocionantes; era un vivo simulacro de la lucha por la existencia, un sutil remedo de la jerarquía social, revuelto nansa donde también los peces grandes se comen á los chicos...

Absorta Ana María, contemplaba aquella turbia caricatura del mundo, cuando sintió pasos en la escalera:

—Será Manuel—pensó, enrojeciendo—. Teme que se me olvide soltar los grifos y abrir las válvulas...

De pronto, una mano cayó con violencia en el hombro de la niña, y, tras un grito de espanto, la voz de don Juan Ramírez rugió desatada:

—¡Carlota!... ¿Te escondes, eh?... ¡No te me escaparás, infame!

El sabio, el loco, sacudiendo á su hija con frenesí, levantó sobre ella el puño. Pero no le llegó á descargar. Con las dos manos presas, hallóse frente á Manuel Velasco, que le decía en pleno rostro:

—¡Cobarde!

Tras una ráfaga de vacilación y de miedo, Ramírez protestó: