—«¿Adónde vas, Regina?...»
Y aunque por su hermosura y raras prendas tiene Carlota mucho parecido con las heroínas de los cuentos, bien claro está que no bajó de las nubes ni brotó de un arbusto, sino que llegó en un tren á Torremar y al Robledo en un coche, cruzando á pie una parte de la selva para acortar camino.
Segura está Regina de que la Bella durmiente, con su traza de aparición y sus frases de parábola, es una pobre mujer que lucha y gime; pero también es cierto que la vió sonreir con placidez suavísima, y levantar los ojos al cielo con divino arrebato, al través de la niebla de sus lágrimas...
—¿De modo—pregúntase la razonadora,—que en el amor hay dolor y en el dolor hay transportes de alegría?
Se detiene vacilante, desesperada, añadiendo:
—¿Y nunca podré amar?
Desdeña su mala condición; supone que hay una raza escogida de seres enamorados y piadosos, á la cual no pertenece; pensando que está condenada al martirio de la incredulidad, recuerda cómo otra vez bajó de una cumbre, igual que ahora, huyendo del amor y del sacrificio, con espanto de réproba; fué en los Andes, en la cima del mundo; creyó amar y sufrir, y amores y dolores se le escaparon en un gemido de impotencia y cobardía, delante de una cruz...
Pero al descender por la pendiente del Robledo, el temor de Regina es menos trágico que en aquella fuga memorable; tal vez porque la cruz que hoy vió en la cumbre se muestra más humana y el monte más asequible... Celestial misericordia protege á la infeliz, que busca y huye, que asalta con el duro análisis de su inteligencia las sagradas razones del sentimiento y del corazón; se ha humillado con piedad infinita el símbolo cuya grandeza majestuosa hizo temblar á la viajera rubia; y desde la cordillera gigante donde parece que sólo Dios puede alcanzarla, ha bajado la cruz, en forma sumisa de mujer, á un montecillo dócil y extendiendo sus brazos de carne temblorosa, ha dicho con una voz muy dulce, delante de la obsesa:
—«¿Adónde vas, Regina?...»
Quisiera responder la moza y mira al cielo, porque siente, aunque no se lo explique, cómo baja de allí la solemne pregunta. Ya cae la sombra; las nubes se han aligerado al roce del crepúsculo, con esa inconstancia propia de los norteños celajes; y ha encendido la luna su pálido fanal, que parece verter al mismo tiempo el silencio y la luz sobre la tierra. Largos y obscuros los perfiles de los árboles, se inclinan reverentes al paso de la rubia señora, que abre su alma al secreto de la noche, sintiéndose presa de una fe que no cree en nada, y de una emoción sin nombre ni rumbo, que ensancha su cauce poco á poco, bajo la nieve del entendimiento.