En una vuelta del camino, ya cercano el arrabal, Velasquín detiene á su esposa:
—Pero ¿no me esperabas?—interroga alarmado.
Y ella sorprendida, con el rostro encendido por súbita perplejidad, no sabe qué decir; siente deseos de mostrarse cariñosa, y recuerda sus ocultos reproches contra Adolfo... ¿Los merece?... En la duda benigna que le asalta, decide callarlos, y aduce amable:
—No llegué á casa de Ramírez, porque he visto á Carlota.
—¿A Carlota?—Velasquín sospecha que su mujer no está en sana razón. Pero Regina asegura:
—Sí; ha llegado esta tarde en el tren correo; cuando yo cruzaba la selva la encontré; dejó el coche en el camino real para subir por el atajo.
—Entonces no avisó la llegada.
—No; quería sorprender á sus hijos.
—¿Y hablaste con ella?
—Hablé mucho.