—¿Cómo la conociste?

—Apenas ha cambiado; siempre está hermosa... Ella me conoció también.—Hay tanta dulzura en la expresión de estas frases, que Adolfo, maravillado y crédulo, se siente muy feliz. La esposa continúa con naturalidad:

—No era oportuno que hoy fuésemos de visita.

—¡Claro!... Pero es muy tarde para que vuelvas sola.

—Me entretuve... ¡y anochece tan pronto!

Quiere Regina cambiar de conversación; se apoya en el brazo de Velasquín, y ambos sienten la dulzura de aquella intimidad. El Cantábrico, movido y bullicioso, dice á la costa su amenaza bravía, y al son de las airadas voces, la señora murmura:

—Ya no sales en el Reina...

—Porque todos los días se anuncia un temporal.

—¿Tienes miedo?

—¿Miedo?—protesta el joven sonriente.—¿Tú me juzgas miedoso?