Llegando al puerto, después de breve paseo por la costa, miró Velasquín el horizonte de la bahía, con la obsesión del mar, imagen de sus turbios amores. Arreciaba el Noroeste; un cinturón de espumas señalaba con vigoroso pincel la barra del puerto; las olas se teñían de un color gris, de reflejos metálicos; las banderas de los buques surtos al abrigo del muelle, tremolaban con ímpetu, sacudidas por el vendaval, y, en primer término, sobre las ondas más tranquilas; se columpiaba airoso el Reina, bien señalado por su arrogante grimpolón azul.
Apareja, que vamos á salir—díjole Adolfo á Pablo el marinero, que paseaba ocioso y mustio por el muelle.
—¿Con este tiempo?—repuso el «segundo de á bordo», mirando alternativamente al cielo, al mar y á las banderas temblorosas.
—Con este tiempo.
—¿No ve cómo sopla el Noroeste, y con rachas poco nobles?...
—No importa, Pablo.
—Bueno, voy á avisar...
—No avises á nadie; vamos tú y yo solos.
—¿Solos?—interrogó pasmado el marinero.
—Si no te atreves, dilo, y buscaré quien me acompañe.