el ventalle del ábrego.—la ronda de los sueños.—un corazón que nace.—la sinfonía de la nieve.—¡amor!
Amanece; desnieva; el ábrego sacude con ímpetu sus ráfagas de otoño; baja de los montes desmelenado, furibundo, y al roce de su aliento la costa y el valle se derriten en aguas bullidoras.
En el dormitorio de Regina, la débil mariposa, fácula de pensamientos claros y tristes, crepita, tiembla y muere, mientras cauces y arroyos dan curso á la corriente con sonoro cantar. Al cristalino son, ya enervada y rendida, se adormece la dama: entran sus visiones en la niebla del sueño, y aún las alumbra un rayo frío de razón y de luz; una chispa de sol que da en la nieve; un eco de verdad que repercute en el alma. Los seres familiares, mezclados en curioso rolde con otros de fábulas y libros, huyen ante la ensoñadora, en fuga que acelera su velocidad hasta producirle á Regina mareos horribles: al principio, todas las imágenes descubre; pronuncia cada nombre del que pasa, y sabe que al través de ellos sintió curiosidad, inquietudes y codicias...; ¿amores? Mueve la cabeza negando, y á este movimiento, un malestar físico y cruel la punza en el estómago y las sienes... Tornan á girar los semblantes de la ronda, cada vez más de prisa y más lejos; gesticulan como si hablaran, pero ya la señora no los oye, y se tiene que esforzar para distinguirlos: su madre, con el pálido rostro que Regina conoce en un retrato, sonríe, sonríe... aquella expresión resignada se borra al punto, y sólo queda un perfil triste que huye; Jaime corre detrás altivo y hermoso, flotante la artística melena, y recitando coplas; le siguen Daniel, llorando; Eugenia, cansadísima; y Carlos Ramírez con dos flores mustias en el ojal: la «Bernalda joven» se enlaza con don Celso Ortiz; y Ana María y Manuel van muy contentos junto al comisionista de Alcoy, que lleva de la mano á la ninfa Aretusa, en pos de lord Byron y la condesa Guiccioli... Pasan á escape Ibarrola, el doctor Marín y Adolfo Velasco, riendo como unos locos...
Cuando el rolde quimérico da la última vuelta á los pies de la cama de nogal, en una sombra cada vez más obscura, ya en el vertiginoso remolino Regina sólo distingue á Daniel, que rompe la cadena danzante para llorar á gusto: crece su llanto como una marejada, con rumores de manantial; de pronto no es Danielín quien llora, sino doña Mercedes, con la misma voz hialina, semejante á la de un río; y al cabo no es doña Mercedes tampoco, sino «la novia de Gabriel», la que se lamenta, con lágrimas tan copiosas que ya su rumor finge el torrencial estruendo de una catarata... Al fin desaparece «la novia», pero los sones de su llanto suben crecientes á los oídos de Regina; y ya semejan ecos del diluvio, ya estrépitos del mar. Al formidable impulso de tantas aguas, la casita montés se pone en movimiento, deslizándose suavemente, acaso por un río apacible: tal vez por un lago melancólico. La dama rubia renueva sus deliciosas navegaciones por el Rhin, por el Marañón y el Napo: un momento, imagina tripular la piragua de Tlaloc, el dios benigno de las cosechas y las lluvias. Pero de repente la nave toma un ímpetu loco, salta, gira, va á hundirse en el abismo; ¡es el Reina lanzado, con todo el aparejo, entre las olas y el vendaval! La voz de Pablo, ronca y difícil, clama:
—¡Orce, don Adolfo!...
Regina, nauseando, aterrada, tiende las manos con ademán de supremo terror, y otras muy suaves, se las reciben, mientras una voz, limpia y clara como el cristal de una fuente, murmura:
—¡Animos, hija mía!... Ya me ha dicho don Amador que sufres mucho y que estás en camino de santificarte.
Levanta con fatiga sus párpados la joven: un rostro muy blanco y un velo de luto se inclinan hacia ella.
—¿Yo—balbuce—yo santificarme?... ¡Si no tengo corazón!
—¡Si le tienes!—asegura con solemnidad la señora del velo.