—¿En dónde?
—En las entrañas. Escucha... Escucha...
—¡Ah, sí; un latido muy débil, como de un corazón chiquitín, que nace ahora!...—pronuncia Regina, reconcentrándose y sintiendo un blando pulso en lo más íntimo de su ser.—¿Es de verdad?—grita buscando á la dama reveladora, que ha desaparecido.
Acude Eugenia:
—¿Qué te sucede? ¿Estás peor?
Sin contestar, pregunta:
—¿Ha venido Carlota á despedirse?
—Sí; un minuto... Dormías; te dió un beso y salió callandito... Ella y don Carlos se irán en el tren de las once...
No quiere Eugenia comentar la boda que acaba de verificarse, ni remover recuerdos que mortifiquen á su niña: descubre con angustia la palidez de aquel amado rostro, y no sabe qué decir.
Ya están abiertos los postigos: un sol resplandeciente se derrama en el aposento, arrastrándose humilde en la alfombra, escalando los muros, juguetón, y besando los pies de la cama con muchísima finura. Ha cedido el viento, y desnieva en un cándido susurro de aguas limpias y veloces, como aquella que dijo en la musa de un vate castellano: