Se vistió Regina maquinalmente y fué derecha á abrir el balcón, empujada por el afán de asomarse al mar y al cielo, á todas las visiones que pudieran ofrecerle un retrato de lo infinito.
El sol inundaba el firmamento, esclarecía los aires y descendía sobre la tierra como las lumbres de un incendio glorioso. Deshacíase la nieve en risas y lágrimas, cayendo por las vertientes y ramblares, por las acequias de los huertos, reverberando con tanto brío como si los montes fueran de plata y se fundieran todos en el crisol esplendente de la atmósfera.
Hundió la muchacha los ojos en el paisaje, miró al cielo, á la tierra y al mar con ansia de luz; y deslumbrada por los reflejos del sol encima de la nieve, sintió que en su pecho se deshacía algo también. Irguió entonces su espíritu, como un águila caudal, sobre las cumbres congeladas, sobre las nieves muertas y derretidas, sobre los horizontes flamígeros, al través de los espacios pulverizados de sol; recorrió de nuevo, con la fantasía, los cuatro vientos de la rosa, los continentes y los mares, las montañas y las riberas, los desiertos, las urbes insignes; y por encima de las aguas, de las tierras, de los neveros, sobre las selvas vírgenes, sobre las ciudades remotas, sobre la vida bárbara de los yermos, de las estepas implacables, en lo más triste y desolado del mundo, oyó el mismo grito, la misma palabra, el mismo arrebatado sollozo: ¡Amor!
Sí; el amor era el grave secreto, el secreto á voces de la vida, el motivo fundamental de todas las cosas, el sol que derrite todas las nieves. ¡Con qué elocuencia se lo decían á Regina el temblor del paisaje, el gozo de las aguas, las vibraciones de la luz; imágenes vivas de su alma en aquel recio amanecer de todos los amores!
Volvió el rostro hacia su aposento, dió algunos pasos con sorpresa inaudita, creyéndose otra mujer, mirando en torno suyo con asombrosa novedad; la cara de su madre en el retrato adquirió seráfica dulzura, mientras que en la fisonomía de Alcántara se extendía una tristeza amorosa, algo parecido á un dulce reproche, mucho tiempo disimulado detrás de la galante sonrisa. Abarcó la joven ambas imágenes con una mirada nueva, teñida de ternura; pronunció interiormente en atropello y confusión muchas frases cálidas y anhelosas; el hermoso nombre de su madre:—¡Rosario!... ¡Rosario!...—Y luego:—¡Madre mía!—Y después:—¡Mi poeta, mi amigo, mi padre!...—Sintió que una marea de lágrimas subía por sus nervios, á borbotones, murmuró:—¡Adolfo!... ¡Perdón... perdón!...;—y cayendo de rodillas, quiso rezar; mas sólo acudieron á sus labios convulsos las cándidas frases de aquella jaculatoria infantil: Con Dios me acuesto, con Dios me levanto... Y en el hipo de las palabras tumultuosas rompió á llorar como si un bloque de hielo se derritiera en su corazón. La nube de llanto arrastró á los labios de Regina, en fecundo rocío, otra plegaria:—Dios te salve, Reina y Madre, Madre de misericordia—y con asombro exquisito mezcló la miel de este saludo á la confortable amargura de sus lágrimas, repitiendo ferviente:—Madre de Misericordia... Reina y Madre...—Pronunciaba cada sílaba con sublime entusiasmo, como si descubriese las estrofas de un poema colosal.
Amaba, al fin, aquella mujer, plena y profundamente, con una maravillosa terneza en los sentimientos y una anchura fluvial en el alma. Amaba y creía, llorando por aquellos á quienes no supo amar bien; probando el refinado goce de sufrir por amor y de gozar sufriendo. Y tantas divinas novedades eran para la moza como el hallazgo de un mundo novísimo; como la epifanía de muchos soles, juntos en una sola alborada; como un despertar de alondras en el árbol del corazón...
Aquí está, lector, Regina de Alcántara: «la viajera rubia», de inverniza juventud; la mujer sabidora y escéptica; la curiosa impertinente. Sus yertos egoísmos, sus antojos, sus incertidumbres, naufragan en el río tibio y oloroso del sentimiento, que ha quebrantado, al fin, los duros témpanos de sus prisiones; aquí está en humilde postura de enamorada; reza y llora á los pies de una imagen de la Virgen con el Niño en los brazos, divino señuelo de redención y caridad; aquí está, escuchando cómo late en sus entrañas un corazoncito, que ha llenado el mundo para ella de inefables ecos.
Reminiscencias de cosas incoercibles y lejanas; atisbos de lo porvenir; efusiones sentimentales, florecen ya con suavísima contrición en el pecho y en los labios de Regina, ungiéndolos de lágrimas, embalsamándolos de fe; y su voz y su lloro suenan á besos, á piedades y á canciones, como la voz mansa y pura del agua de la nieve...