—Helo aquí; el corazón de la criatura.

—¿De qué criatura?—gime la incrédula, todavía obcecada y absorta.

—¡De tu hijo, pardiez!—pronuncia don Fermín rotundamente.

—¡Bendito sea Dios!—balbuce Eugenia, con lágrimas en los ojos.

Regina ni se estremece ni habla, presa de un estupor inexplicable. Diríase que ha reconcentrado toda su atención en un hilo que baja desde el techo y en el cual bulle, afanosa, una araña chiquitina y rubia. De pronto se quiebra el hilo, el insecto desaparece y don Fermín, al retirarse un poco, permite al sol, que ha ido subiendo por la cama, besar la frente de la madre. A ella se le mete en el pecho todo el calor del astro, y se cubre los ojos, cobardes para resistir la refulgente caricia. El doctor cree que llora.

—Sí, tu hijo—vuelve á decir, emocionado—. Y aquella frase va descendiendo con el sol hasta el alma de Regina y la llena de amorosa blandura. Se incorpora la joven sobre un brazo nervioso y moreno, abre los ojos con intrepidez á la firmeza de la luz y averigua, con la voz empapada de profundas inquietudes:

—¿Está usted seguro?

—Tan seguro—sonríe don Fermín—como de que naciste en mis manos.

Y haciendo algunas recomendaciones eficaces para la asistencia de la dama, se despide muy placentero, con el orgullo de que sus palabras han sembrado una alegría en aquella casa tan triste. Acompáñale Eugenia hasta el portal, deteniéndole allí con minuciosas preguntas que brotan como flores de la recién sembrada ilusión. Cuando la buena mujer sube y entreabre la puerta del dormitorio, Regina se ha vestido sola y está de hinojos junto al lecho, en tan reservada actitud, que Eugenia vuelve á cerrar y con un dedo sobre los labios va á reunirse con Marta y Dolores. Ante aquella señal de silencio, la casita montés quédase muda, envuelta en el rumor de las aguas y en las caricias férvidas del sol, con un aire de misterio dulce, de «escucho» peregrino. La fachada blanca y verde nunca mostró tan vivos sus colores ni tan vigilantes los ojos de sus puertas: un solo hueco estaba cerrado y ya se abrió al empuje de una mano imperiosa.

Al salir el doctor del saloncito, el primer impulso de Regina fué levantarse; necesitaba hallar en el movimiento una fuerza física donde sostener su terrible emoción; el instinto de la maternidad le sacudía bravamente las entrañas, desperezándose en ellas como un cachorro de leona, hasta romper en un bramido bárbaro y alegre, voz del alma y de la sangre, férvido anuncio de victoriosa encarnación: todo su ser se desgarraba de golpe con una mezcla de angustia y deleite, de zozobra y de júbilo; era el gran misterio de la vida, la suprema revelación de todas las ternuras concentradas en el amor más grande de cuantos amores humanos pueden sacudir el alma de una mujer.