—Vamos á ver... Vamos á ver...

Quédase mirando á Regina, que se ha puesto muy pálida; la pulsa, y acariciando aquella mano temblorosa con paternal solicitud, trata de entablar conversación para distraer á su enferma; refiere que el temporal le ha impedido venir aquellos días; habla del reciente cambio de temperatura, y cuenta que ha estado en la estación á despedir á Carlota y á su hijo.

—Guapo mozo—medita—y tan adicto á su madre, que da gusto admirar cómo la quiere. Por cierto—continúa, clavando los ojos en la joven—que Carlota me ha preguntado por ti con grande interés en casa de doña Mercedes... Corren por el palacio vientos favorables á tu gentil persona; y has de saber que los han levantado la de Heredia y sus hijos; buena gente, esa dama y esos mozos; ¡interesantes... muy interesantes!...

Regina atiende con síntomas de emoción, tan raros en ella, que don Fermín corta su monólogo de improviso, se levanta de la silla y repite:

—Vamos á ver... Vamos á ver...

Dirigiéndose á Eugenia, advierte:

—Separe usted los almohadones.

Saca luego del bolsillo un estetoscopio, retira alguna ropa de la cama, y, tendida la enferma horizontalmente, la ausculta, primero, con la mano; después, con el oído. A cada nuevo examen, asevera el médico optimista y perspicaz:

—Muy bien... Perfectamente... Perfectamente...

Por último, fija el instrumento en un punto determinado, y dice: