En la voz de los cristalinos arroyos, escucha Regina invitaciones tan delicadas como la del poeta; romances y arrullos, arpegios y estrofas que tienen, á su parecer, el blando ritmo de un corazón inocente y chiquitín, oculto en las entrañas de la nieve.
Y así pasa una hora; la dama está mecida por el compás dulce, por el misterioso latido que siente palpitar en cuanto la rodea; silba un tren en la estación del puerto, y el aviso lejano que tantas veces oye la señora como un rumor cualquiera de la vida, la enternece y la turba, al rodar hoy entre las pulsaciones de una fibra secreta, que ha empezado á latir desde que la Bella durmiente aparecióse junto al lecho de nogal y dijo á la de Alcántara:
—Escucha... escucha...
Y cuando Eugenia, sorprendida de aquella inmovilidad, pregunta á la señora:
—¿Qué haces?
Ella responde sencillamente, con maravillada expresión:
—Estoy escuchando.
Luego se ruboriza, se aturde, y declara que quiere vestirse. Pero Marta asoma al gabinete su lindo rostro para anunciar con algún misterio:
Entra don Fermín con aire solemne, saluda y soliloquia: