Antes que la penetración poco sagaz de Eugenia hubiese definido la categoría de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceño adusto, calificándola, en castizo español, con ignominiosa palabra.
Todas las lagoterías de la astuta francesa para atraerse el afecto de la niña fueron inútiles; y cuando Silvia se cansó de halagarla y á su vez arqueó las cejas y esquivó la sonrisa, una guerra dura y enconada se entabló francamente entre las dos.
De cuanto disponía mademoiselle con dominantes atribuciones, protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas á su padre. Ni una ni otra se entendían de palabra, pero por signos y ademanes, con ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguían á todas horas, sin que Alcántara lograse que los espectáculos y curiosidades de París, tan nuevos para la niña provinciana, diesen tregua á la ardiente lucha.
No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo á los pies de aquella Musa del boulevard, armóse capitana en la doméstica insurrección, y fueron tan hábiles sus trazas, que logró arrinconar maltrecho á su enemigo. Atrajo á Daniel primero, y con persuasivo discurso, halagador y mimoso, contóle que Silvia era «un demonio francés» disfrazado de señora; que sus labios tenían un carmín venenoso para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los niños... Medroso el nene huyó con espanto de mademoiselle; y la servidumbre francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la mozuela, y un poco egoísta, afiliándose al partido más poderoso, pronuncióse también á favor de la niña española, imperante en aquel extraño hogar con toda la supremacía de un ídolo nuevo.
La apacible y diplomática Eugenia Barquín, tan enemiga de contiendas y disgustos, inflamóse al cabo en el belicoso espíritu de su adorada niña, y entre dientes llegó á llamar á Silvia co-co-te, cuando la francesa le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos ¡Hèlas! y muchos ¡Mon Dieu!, que Eugenia tomaba por agravios.
En lo más recio de aquella diminuta guerra bilingüe, la niña, agotada ya la paciencia, se presentó á su padre con aire solemne y digna actitud de mujer, diciendo:
—Elige ahora mismo entre Silvia y yo. Si ella no sale de esta casa en seguida, yo me vuelvo á Torremar...
Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresión de sus ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la Musa...
Fué aquella la más sonada victoria con que Regina esclavizó al caballero; desde entonces afirmó su poder con perpetuo dominio sobre el corazón de Alcántara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su padre seguía cultivando el trato de la vencida demoiselle, ó de otra tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal cariño, pudo creer, y lo creyó desde luego, que todas las Silvias del mundo se habían muerto para el poeta...
Jaime de Alcántara desconocía como sus hermanos los bohemios suelen, la ciencia crematística. Era de esos hombres, pródigos de corazón y dinero, que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el blando camino de su ruina, con la más admirable indiferencia; de esos que saben llegar á la vejez pobres y estoicos, ó morir voluntariamente, con un altivo gesto de rebeldía ante la miseria.