Regina entonces, infatigable y resuelta, dirigió á su padre unas palabras sembradas largo tiempo en su imaginación, y que lo mismo podían ser una consulta que un ruego, ó tal vez un designio.
—Vámonos á América.
Y Jaime, como un eco, sin vacilar ni discutir, con sugestión ferviente, repitió:
—Vámonos...
Eugenia y Daniel, que tenían ya el presentimiento de aquellas palabras en los sedientos labios de Regina, también dijeron sumisamente:
—Vamos—con lentitud en que temblaban la curiosidad y el miedo, en sigilo emocionante.
Y se fueron. En un puerto francés tomaron pasaje para Cuba, primera tierra americana que deseaba conocer la hija del poeta cubano...
—¡El mar, el mar!... Las azules llanuras pacíficas; las llanuras grises y espumosas; las naves lejanas, hendiendo la infinita soledad del horizonte con una vela blanca y fuyente, con una bandera que saluda y se borra... Las castas bodas inmensas del celaje con las aguas; un pez que vuela; un monstruo que asoma; un ave que pasa; una estrella que gira... El peligro acechante; la tempestad inclemente, la dulcísima bonanza...
Estaba Regina loca de contenta con el regalo de tantas novedades, apenas adivinadas por ella en sus breves navegaciones; y toda la codicia de sus ojos negros se derramó, febril, sobre la sábana enorme del Océano, mugiente y abismal...