V

tres años después.—el último soneto.—la segadora.—los sueños de una noche de calentura.—en las alas de un cóndor.

Pasáronse tres años desde que la aventurera familia desembarcó en San Cristóbal de la Habana, con grande escolta de ilusiones y recuerdos, hasta el instante en que volvemos á encontrar á Regina en otra playa de América, al lado de un tímido mozalbete y de una pensativa señora, ambos vestidos de luto...

Delante de aquel mozo eternamente niño, señalado ya por el dedo inexorable de la Muerte, cayó Jaime de Alcántara, el ufano caballero, cuando más ovante y feliz gozaba de la vida en la cumbre.

Hallábanse en la Argentina, descansando de aquellas frenéticas jornadas por el Nuevo Mundo, y de pronto dió Jaime inesperado fin á sus viajes y emprendió el de la obscura eternidad.

Murió lo mismo que había vivido, fácil y blandamente, sin miedo y sin dolor, reclinando la hermosa cabeza, vestida de ensortijados cabellos, sobre un pedazo de papel donde comenzara á escribir un soneto precioso «A la felicidad»... Dejó iniciada en sus labios frívolos cierta sonrisa gentil y en sus ojos una mirada burlona, como si una vez más le preguntase á Regina dulcemente:

—¿Y ahora, ¿adónde vamos?

La muchacha, loca de terror ante la irónica y fúnebre consulta, clamó, asida al cadáver, con insensata rebeldía:

—¿Adónde vas, adónde, frío, insensible y mudo?... ¿Adónde vas?... ¡Dímelo; quiero saberlo; quiero detenerte!... ¡No consiento que te vayas de esta espantosa manera, solo y ciego, por un fatal camino perpetuamente obscuro!...