Pero Jaime se había ido, á pesar de todo. Su arrogante figura de artista y hombre mundano, su romántica melena, sus ilusiones infantiles, cayeron allí bajo la tierra joven y floreciente de la costa del Plata.

Danielito le vió marchar sin grande asombro, con una especie de suave resignación que parecía decir:

—Hasta luego...

Largo tiempo le miró difunto, con fascinados ojos, y después, sin llorar, sin hablar, lanzó un suspiro y bajó la cabeza, como si á su vez ofreciese el dócil cuello á la hoz de la eterna Segadora.

Eugenia, apiadada y confusa, rezó y gimió calladamente, hasta que olvidó su pena para cuidar á Regina, enfebrecida y postrada, á punto de fenecer. Pasados los primeros días de estupor, después de aquella catástrofe imprevista, la joven, que había tomado una apariencia de estólida insensibilidad, sintióse de improviso enferma y náufraga en mares de amarguras y congojas indefinibles. Su dolencia, aguda y alarmante, tenía un punto de semejanza con la antigua fiebrecilla nerviosa padecida en Spa. Lo mismo que entonces, Regina sentía náuseas cerebrales y padecía delirios monstruosos. Todas las impresiones copiosas y aceleradas de sus lecturas y sus viajes le fabricaban en la imaginación estupendas fantasías, con dolor y quebranto de alma y cuerpo. Soñaba á gritos, despierta y espantada, ó soñaba dormida, quieta y silenciosa, sin otro síntoma de la quimera mortificante que alguna furtiva lágrima, densa y ardiente rodando por el rostro impasible, y algún apagado sollozo henchido de angustia. En aquellas crisis de acerba insensatez, cuantas figuraciones son posibles bajo una frente ahita de imágenes y de membranzas surgían volanderas en tropeles, fingiéndole á la visionaria una existencia de pesadilla y desatino, entre luces y sombras, entre delicias y torturas. ¡Qué de cosas leídas ó adivinadas; qué de sucesos peregrinos, fantasmagorías y novelas urdidas al azar en noches de fiebre! Ya son las impresiones de viajes, revueltas y agigantadas, encendidas en el lienzo de la imaginación por el pincel de fuego de la calentura; ya las letras de molde y las estampas de los libros, fingiendo absurdos garabatos, rojas quimeras, insectos fabulosos... Rotas las leyes de la gravedad y de la vida, la triste soñadora vuela de astro en astro, como un ánima en pena; se sumerge en el mar y hace su lecho entre las algas; corre por la tierra lo mismo que un antílope; siente palpitar en el corazón toda la muchedumbre de los seres y de las cosas...

Condenada como el judío errante á vagar por el mundo sin reposo y sin término, anda y anda y anda... muerta de cansancio y de sed. Abolidas las distancias para siempre, tan pronto pisa las arenas del desierto como hunde la planta en los remotos glaciares. Desde una isla de palmeras y bambúes, que se refleja en el mar como un paisaje de abanico, sube de repente al cono del Orizaba, de la mano de los volcaneros indios, y desgarra sus pies en las aristas de la roca. Luego registra con afán los despojos de un cementerio tolteca donde halla la estatua de una divinidad benigna: el dios de las cosechas y de las lluvias, Tlaloc el compasivo.

Entonces empieza á llover con mansedumbre y las montañas enverdecen bajo el dosel de púrpura del sol levante. Van creciendo las aguas del plácido diluvio hasta formar con su recial corriente un río inmenso, tal vez el Napo, quizá el Marañón.

La estatuilla del dios indio se anima por ensalmo, y Tlaloc el bueno, tripulando una piragua, conduce á la viajera en repentino desliz sobre las ondas, sin que la muchacha logre descubrir en las orillas rastro alguno de las bellas amazonas legendarias... Aquel río veloz obra el prodigio de subir faldeando ásperas y rígidas cordilleras, de cumbres rojas con fuego de volcanes, y desde la cima hirviente, desciende la piragua de Tlaloc en vorágine espantosa hasta el fondo profundo de las hoces. Regina hubiera querido morir pronto en aquella tragedia de los elementos, porque le dolía cruelmente la cabeza, herida sin piedad por los colmillos de un monstruo, y le causaba un asco intolerable el amargor de las aguas en la boca. Pero una mano varonil la levanta en vilo, salvada por azar del naufragio, y la joven, con una venda en la frente, trémula de frío y de terror, se encuentra delante de un hombre osado y apuesto que le dice con una cortesana reverencia:

—Jacinto Ibarrola, para servir á usted.

¡Es Ibarrola! El famoso explorador vasco, de quien Regina se supone un poco enamorada. Iba ella á corresponder con efusión á su saludo, cuando un súbito rubor la detiene, presa de terrible azoramiento: está desnuda, y el explorador vasco la mira con una complacencia sonriente y triunfal...