Huyendo la codicia de aquellos ojos, llega Regina en absurda carrera hasta una hermosísima selva colombiana: las cañas de bambú mecen sus airosas cabelleras verdes entre una corte ufana de bejucos; inmensos árboles indígenas hunden en la virginidad del suelo las colosales raíces, asomando á flor de tierra sus tramos retorcidos; los troncos de los cedrelos, tapizados con hojas nervadas de rubí, se yerguen entre los luengos y odoríferos estambres de las ingas; cañas bravas, altas cañas dísticas, aparecen enguirnaldadas por lianas, sutiles como cabellos, ó gruesas como mástiles, que entre el follaje se encabestran de mil modos, y que en la altura ostentan con orgullo sus campanillas purpúreas y azuladas; columnas arborescentes, artísticas y firmes como las de una catedral gigantesca, elevan un oquedal esquivo á los rayos del sol; vela la atmósfera misteriosa penumbra, y la silente paz de las llecas duerme sobre los cálices rojos y erizados, sobre las corolas retorcidas y doradas, de infinidad de plantas tropicales en plena ostentación de sus glorias.
De estas bóvedas divinas, cae sin cesar sobre la errante moza una lluvia de flores; y cada uno de aquellos pétalos odorantes y blandos, al acariciar su carne desnuda, la avergüenzan y la estremecen, como si fueran ojos ó besos atrevidos.
Huye y llora Regina sintiendo sobre su espalda la maldición que hace al pueblo judío vagar sin patria y sin sosiego por las patrias ajenas, entre los ajenos reposos. Aspada y rendida se deja caer al suelo la viajera. Unas gotas de líquido frescor le resbalan por la frente y le salpican el rostro. No sabe si son la sangre de su herida ó las lágrimas de sus pesares... Tal vez la bienhechora lluvia que el dios tolteca manda á los sembrados, ó el agua sedativa con que Eugenia humedece las sienes calenturientas de una joven que yace en desmayo conmovedor...
Encalmada un instante la paciente, se incorpora de pronto al escuchar cien distintos rumores que en la selva dormían al resistero de la hora meridiana. Erguida en su lecho, despierta y demente, trata de alcanzar los racimos de frutas comestibles que cuelgan de una palmera de los Llanos, y al levantar los ojos, distingue una legión de mariposas negras, encarnadas y azules, aleteando entre anacardos, musgos y líquenes, orquídeas y helechos trepadores. Todas estas parasitarias hacen nidos y palios á los loros y á las cotorras que se cortejan y charlan con agudas voces. En una red de encajes formados por vainillas de carnosas guirnaldas, un martín pescador está en acecho, y sobre el regio dosel del oquedal, pasan volando en raudas parejas los guacamayos de colores rútilos. A la par de una admirable pasionaria roja, coquetea un matrimonio de tangaras, y una espesa nube de libélulas cobalto, pinta un trozo de cielo tropical bajo la fronda... Toda la selvática hermosura del paraje se ha despertado de la siesta, en brava sacudida.
La enferma, á pesar de sus penalidades, sonríe con embeleso al sublime espectáculo de aquel paraíso natural, remecido por soberana brisa de amores bárbaros. Y, á tal tiempo, entre espigas de flores y parásitas cabelleras ondulantes, asoma enroscada y dañina una serpiente coral, de venenosa mordedura. Regina que la distingue, abre los ojos desmesurados, fijos con pavor en un ángulo de su gabinete. Quiere huir, y le corta el paso un río soberbio. ¿Acaso el Magdalena? No lo sabe. Todos los grandes ríos que han remontado con varoniles audacias, los confunde ahora; todos en su recuerdo son azarosos mares sin orillas... Buscando la salvación con impaciencia furiosa, halla la fugitiva un milagroso puente bamboleante, formado por dos troncos, cubiertos de fajinas y tierra. Perseguida muy cerca por la serpiente, trata de ganar de un salto la frágil esperanza, y una muchedumbre de siemprevivas pálidas forma un lazo traidor en torno suyo, mientras la sombra huraña de un ciprés la oculta el puentecillo y la detiene... A sus propios gritos desemejados y punzantes, recobra Regina la razón en medio del aposento, con la camisa arpada y la melena en vellones, jadeante y convulsa entre los brazos de Eugenia, que en el colmo de su aflicción no sabe contener aquel acceso de la extraña enfermedad.
Lúcida y humilde se esconde la muchacha bajo las ropas de su lecho, con triste cobardía, dudando y creyendo, entre el espanto del delirio y la luz de la cordura; trépidos los pulsos, palpitantes los nervios, desmayado el espíritu en confusiones temerosas.
Cuando supone Eugenia que ha remitido aquel grave recargo, aún la pobre Regina es un alma que tiembla acosada por un monstruo, delante de un abismo, agitando las alas con infinito anhelo hacia una sutilísima ilusión en forma de puente bamboleante...
La solícita enfermera se esperanza advirtiendo la actitud apacible de la joven, mientras ella, en su cuerpo cansado de correr por desiertos y montañas, siente las ligaduras de las lívidas flores que la persiguen como un augurio mortal. Pero tiende hacia su amiga una mirada complaciente y dulce, y Eugenia sonríe tranquila, sin notar que hay en aquellos ojos un bosque de secretos donde perdura y se agita la trágica sombra de un medroso ciprés... ¡Ya para siempre aquella sombra tiembla con recónditas ondulaciones de misterio en la mirada obscura de Regina!
Así, entre sueños y pócimas, entre los cuidados maternales de Eugenia y las caricias mudas y devotas de Daniel, padeció Regina, y con denuedo luchó cara á la muerte. En las breves remitencias de su mal, se daba cuenta de su estado y hacía inauditos esfuerzos por dominarle, acudiendo á todas las energías de su ánimo viril en apoyo de la naturaleza lastimada.