Lentamente iban siendo más largos los sosiegos y más breves las agitaciones de la enferma. Sus delirios tomaban una forma clemente, en sucesión de escenas mágicas y disparates confusos, sin graves notas de terror ni fatídicas advertencias de exterminio. Ya en las vírgenes espesuras donde ambulaba el espíritu errátil de Regina, no asomaban las serpientes su aguijón venenoso, ni á los diosecillos indígenas les acaecían lamentables naufragios al conducir en sus piraguas veloces á las vagantes doncellas.

Ya la doliente imaginadora no gira, perseguida y desnuda, por los paraísos americanos, ni lleva en la frente vendajes opresores. Ahora su cabeza es un casco ligerísimo y hueco, que apenas sirve más que para sostener los pelitos dorados que le cubren. Bajo aquella peluca liviana y graciosa, ruedan en el vacío, con ecos musicales y tenues, las palabras de la enferma, y suceden aventuras de raro prodigio y placentera traza... Ahora, entunicada á la griega, en traje vaporoso de ninfa, la niña rubia hace unas plácidas excursiones de ensueño por los más varios y admirables caminos del planeta... Cruza bosques perfumados por los aromas de la gran datura blanca, cubiertos de espigas rosas y azules y enmarañados de enredaderas floridas, y por senderitos abiertos en las taquitas de las montañas, sube á los Andes ecuatorianos desde el hondo valle del Chota, ardiente y feraz, el más profundo de la tierra, hasta el altísimo volcán del Corazón, cubierto de nieve perdurable. Aunque los parajes que atraviesa deben llenar su alma de espanto y admiración, ella camina con frívolo placer, sin extrañeza ni afán.

Va pisando suavemente las alfombras de miosótides blancos y las radiadas de flores de color de azufre, que en las vertientes de la cordillera se agrupan y sonríen con humildad á las plantas de la peregrina, mientras el alto paisaje parece tiritar de frío. La muchacha, indemne á todas las inclemencias de la temperatura, avanza con lentitud caprichosa, envolviéndose en cendales de tul; pero ya en la cima del páramo, siente un instante de incertidumbre, no sabiendo qué rumbo tomará por el sudario de armiño, sin rutas ni límites. Entonces un cóndor altanero y magnífico desciende hasta sus pies, en rendición de súbdito, y le ofrece el vasallaje de sus alas, reinas del espacio, deponiendo con estupenda gracia sus agresivas tendencias.

Sin dudar ni temer, se sume Regina con regalo en las regias plumas del ave, y se lanza á la inmensidad de los cielos, arrebatada y dominadora, en un espasmo indescriptible de voluptuosos deleites.

En aquel vuelo felicísimo, la sutil cabecita de la joven va afinando su ligereza á medida que sube y que flota, triunfante y mayestática. Y se va convirtiendo en una hoja de papel, en un pétalo de flor, en una burbuja... hasta quedar confundida con el éter; perdida en el azul; borrada entre las nubes...

Poco después, Regina, sin cabeza humana, con una especie de globo atmosférico encima de los hombros, sin dolores ni placeres, igual que una sombra ó que una estatua, se pasea vagarosa entre las mil quinientas hijas del sol que en el Imperio lejano de los Incas habitaron el Recinto de oro... Los jardines que rodean al famoso templo están formados de frutas, plantas y flores artificiales, de plata y oro, y el insigne inca Garcilaso de la Vega compone sus Comentarios reales en ronda solemne al través de las joyas del huerto y del vestalato juvenil.

Sin sorpresa ni admiraciones, la rodante muchacha abandona el jardín peruano que tal vez espera á muchos rimadores dueños de «la flor natural», y se detiene en la linde de unas ruinas donde un pastorcillo griego labra en su cayado una artística figura.

Del cercano bosque de laureles rosa llega hasta el camino un penetrante perfume que embriaga, y Regina comienza á observar que todo su ser, impasible y etéreo, se enciende en vida cálida y nerviosa, dócil á las impresiones de los sentidos. Mientras el aroma del bosque la deleita, tórnase la niebla de sus dedos en carne obediente, y encima de la estofa de su túnica halla la joven con asombro las sartas de diamantes transvalinos que le mostró un joyero en un bazar de Marrakkes... Son las mismas, rutilantes y pródigas, opulento milagro del desierto aullador, patria de héroes...

Conmovida la viajera por el hallazgo portentoso, con un vivaz sacudimiento de emoción se despierta en la cama y nota en la frente serenidad benigna y en las ideas calma saludable. Al recordar lo que ha soñado, con regocijo infantil evoca el sugestivo nombre de una comedia que antaño aplaudió en Torremar: Sueños de oro... El sol, como una bella realidad de aquella fábula, entra en el cuarto y se posa á los pies de Regina en dorada columna, viva y ardiente, y un ramo de flores que el astro besa, embalsama el aire con perfumes de laureles y rosas...

Daniel contempla á su hermanita con silencioso afán, y Eugenia, que ha envejecido un poco, la besa las manos tiernamente.